concentraramos en el mientras ella trataba de invocar a los muertos con frases que a mi me daban un poco de miedo. Mi padre hacia siempre la misma gracia, simular que estaba en trance y empujar el vaso hacia unas letras de- terminadas y proclamar que los Reyes Catolicos o Julio Cesar o alguien asi queria hablar con nosotros. Eso a Paquita la sacaba de quicio, y lo normal era que le apartara la mano con brusquedad y amenazara con echarle de la habitacion.
Bueno, ya digo que mi padre no se lo tomaba en serio. Es verdad que el vaso solia ponernos en comunicacion con unos muertos bastante improbables (todos se llamaban Rama o Samir o algo asi, todos habian sido camelleros egipcios o esclavos indios o algo asi), pero a mi no dejaba de molestarme que mi padre se lo tomara de ese modo, como un entretenimiento mas bien estupido c infantil. El decia que nosotros eramos unos infelices y unos ilusos y no desaprovechaba ninguna ocasion de burlarse de nosotros. Y en realidad, ?que motivos tenia para burlarse? ?Por que no podia haber algo de cierto en todo aquello? ?Quien te aseguraba que a los muertos no les apeteciera hablar con los vivos igual que a los vivos podia apetecernos hablar con los muertos? Yo, por ejemplo, habria querido hablar con mi madre, y a veces me concentraba como si ella fuera a decirme algo en cualquier momento. Habria querido hablar con mi madre, pero no se si ahi mismo, con Paquita y mi padre delante, ella comportandose como una especie de bruja y el como un perfecto imbecil. Yo, para entonces, ya no me preguntaba como podia ser que mi padre se hubiera enamorado de una
Ahora os hablare de mi cumpleanos. El veinticuatro de julio, el mismo dia en que nacio Alejandro Dumas, un escritor frances. Mi padre nunca habia comprado una tarta para celebrarlo. Siempre decia que lo iba a hacer pero al final nunca lo hacia. Decia:
– Felicidades. Recuerdame que vayamos a la pasteleria y compremos una tarta. La mas grande que haya.
Decia eso por la manana, y luego llegaba la hora de comer y entonces decia:
– Vaya, nos hemos olvidado de la tarta. Bueno, iremos despues y nos la tomaremos para merendar.
Pero llegaba la hora de la merienda y seguiamos sin tarta.
– ?Sabes que te digo? -decia mi padre-. Que no se si es buena idea lo de la tarta. La tendran hecha desde primeras horas de la manana y ya no estara igual de buena. ?Ya se! ?Por que no bajamos a la tienda y nos tomamos un bombon helado? Apetece, ?verdad? Con este calor…
Todos los anos acababamos igual, tomandonos un polo en cualquier sitio. Pero en esa ocasion fue diferente. Descubri la tarta en la nevera cuando fui a coger algo para desayunar. Tenia una capa de nata y otra de chocolate, y sobre el chocolate estaba escrito: «Felicidades Felipe.»
– Felicidades, Felipe -dijeron Paquita y mi padre a mi espalda.
Sacamos la tarta y mi padre se empeno en poner las quince velas:
– Quince anos, quince velas.
Fue una escena de lo mas tonta, los tres en aquella cocina diminuta, yo en pijama, soplando las velas, y ellos dos al lado, cantando el «Cumpleanos feliz» y aplaudiendo como ninos. Luego nos comimos un buen trozo y mi padre dijo:
– Ahora vistete y recoge tus cosas.
Nos ibamos. Podia haberlo imaginado. Dos dias antes nos habian cortado el telefono, y desde entonces ninguno de los temporeros habia vuelto a aparecer por casa.
Lo que mi padre tenia era ya una clientela fija. Bueno, asi podriamos llamarlo, y si ese dia, el de mi cumpleanos, nos mudamos a otra casa dentro del mismo pueblo fue precisamente porque mi padre tenia clientela fija. Nuestra nueva casa estaba en la otra acera y unos pocos portales mas alla, hacia la carretera de Huesca, muy cerca de Electrodomesticos Andorra. Hicimos la mudanza a pie, y me recuerdo a mi mismo cruzando el pueblo con una television portatil en una mano y una tarta de cumpleanos en la otra. En la tarta ya solo ponia «Felici Feli», las otras letras nos las habiamos comido, Cruzaba el pueblo con una television y una tarta, y tambien con la sensacion de que nuestra vida se estaba acelerando, de que los apartamentos nos duraban cada vez menos y de que probablemente nos durarian aun menos en el futuro. Con la impresion de que ahora la vida ya no era un viaje sino una huida.
El nuevo piso era casi identico al anterior: las casal de aquel pueblo se parecian mucho unas a otras. Esta vez, por lo menos, habian adecentado las habitaciones y no daba la impresion de que el ultimo inquilino se hubiera muerto ahi mismo unas horas antes. Mi dormitorio tenia un ventanuco que daba al cuarto de estar, y yo ni siquiera me moleste en poner los posters en la pared ?Para que? A finales de septiembre concluiria la vendimia. Entonces los temporeros se irian del pueblo, y eso queria decir que nuestro locutorio clandestino se quedaria sin clientela y que tambien nosotros tendriamos que irnos.
– Mucho mejor este piso, ?verdad? -dijo mi padre cuando ya habiamos terminado de subir nuestras cosas.
– Si -dije yo-. Mucho mejor.
Fue por esas fechas cuando Estrella volvio a aparecer en nuestras vidas.
– ?Estrella! -exclamo mi padre.
No era Estrella en persona. Era su foto en un cartel. Era su foto con la diadema, y el cartel nos lo encontramos nada mas salir de casa, pegado al muro de una obra.
– ?Estrella…! -volvio a exclamar mi padre.
Estuvimos varios minutos observandola. Era un domingo por la manana, y Franco o habia salido ya de la clinica o se habia anunciado que estaba a punto de hacerlo. Lo suyo, por tanto, no habia sido tan grave, y mi padre y yo habiamos salido a pasear, a ver si todavia habia controles de policia a la entrada del pueblo. Tambien eso, los controles, era un acontecimiento en aquel pueblo, como los televisores en color de Electrodomesticos Andorra. Pero no vimos a ningun policia. De momento lo unico que vimos fue aquel cartel. Decia «Estrella Pinseque – La nueva diosa de la zarzuela», y debajo se la veia a ella con su famosa diadema y con sus grandes tetas y con los parpados pintados de azul como las putas. Bueno, lo del azul de los parpados solo lo supongo, porque la foto era en blanco y negro.
– ?Estrella…! -exclamo mi padre por tercera vez.
Yo empezaba a impacientarme y tenia motivos para ello. Primer motivo: mi padre habia entrado en una especie de trance del que solo podria sacarle apartandole de la vista de aquel cartel. Segundo motivo: desde donde yo me encontraba se veia que el pueblo entero estaba empapelado con carteles como ese, lo que amenazaba con sumir a mi padre en una catalepsia definitiva. ?Os podeis creer que habia carteles en los escaparates de los comercios, en las vallas, en las farolas, en las cabinas de telefonos? No exagero si digo que pasaban de los cincuenta. En aquel pueblo, el culo del mundo, un rincon olvidado de todos por el que hasta los trenes pasaban sin detenerse. ?No os parece increible? Todos aquellos carteles habian aparecido de la noche a la manana, y a mi me daba la impresion de que estaban ahi como esperandonos, esperando a que mi padre y yo salieramos de casa y nos quedaramos plantados ante uno de ellos como dos judios ante el muro de las lamentaciones. No se. A mi aquellos carteles me recordaban los de las peliculas de vaqueros, con el
– Estrella -susurro el.
– ?Ya esta bien! -proteste-. ?Piensas pasarte todo el dia asi?
Mi padre todavia no se habia dado cuenta de que habia carteles como ese por todas partes. Hice que me siguiera y fui senalando uno por uno todos los que encontramos a nuestro paso, tanto en nuestra acera como en la de enfrente.
– Esta bien claro -dije-. Su nuevo agente le ha conseguido unos cuantos recitales en Lerida.
– Asi cualquiera. Lo mas duro del trabajo ya estaba hecho -se lamento mi padre, moviendo la cabeza a uno y otro lado.
– Esta vez no se quejara de la promocion…
Recogimos a Paquita a la salida de la iglesia. Paquita era
