normal que las mujeres fueran sin sujetador, se pusieran calcetines con las sandalias y llevaran faldas como las suyas, faldas de flores, siempre de flores, y siempre largas hasta los tobillos.
– Lo que pasa es que en este pueblo son unos paletos -decia-. En Londres nadie diria nada.
Paquita era
– Tu eres un Leo tipico y tu el Cancer mas Cancer que he visto en mi vida. ?Pero si se ve a la legua! ?Creiais que me podiais enganar?
En aquella epoca, ya lo sabeis, no teniamos ni un duro, y es verdad que Paquita lo habia sabido desde el principio, por mucho Citroen Tiburon y mucha corbata de seda. Ella decia que todo eso estaba escrito en nuestro destino y que no podia ser de otro modo siendo lo que eramos, un Leo tipico y el Cancer mas Cancer que habia visto en su vida. 0 sea que, segun Paquita, lo de no tener ni un duro y viajar siempre de aqui para alla y estar todo el dia con cara de pocos amigos no era culpa nuestra sino de las estrellas o el destino o el Zodiaco o lo que fuera. Bueno, en eso mi padre le daba la razon, pero solo porque le convenia. Le convenia creer que el no tenia la culpa de que llevaramos la perra vida que llevabamos.
– Lo que os pasa es que siempre habeis vivido a ciegas, que os negais a conoceros a vosotros mismos. Una carta astral: eso es lo primero que teniais que haberos hecho -decia Paquita-. ?Como se os ocurre ir por la vida sin una carta astral en condiciones?
En esto mi padre ya no le daba la razon. Yo, por mi parte, no decia ni si ni no porque no sabia lo que era una carta astral. Nunca lo he sabido.
Lo mejor de todo era que mi padre ya no tenia que estar mintiendose y justificandose. No teniamos un duro, eso era todo. ?No le ocurria lo mismo a mucha gente? ?No ocurria lo mismo en las peliculas y las novelas? A Paquita no parecia importarle, y yo creo que hasta lo veia como algo romantico: un padre y un hijo con solo un Tiburon y un televisor portatil, un padre y un hijo que no tenian donde caerse muertos.
Paquita, por cierto, trabajaba en una tienda de comestibles de una tia suya, y de vez en cuando nos traia bolsas llenas de comida que robaba en la propia tienda.
– ?Abreme! -me gritaba desde la calle, y yo le abria la puerta y la veia subir con dos o tres bolsas y con las tetas bailandole bajo la blusa de flores.
Paquita tenia las manos pequenas y regordetas, con las unas mordisqueadas y feas, pero yo entonces era ya demasiado alto para fijarme en las manos de nadie, y lo que veia en Paquita eran sus tetas bailarinas. Unas tetas no muy grandes y acaso demasiado juntas, pero bonitas, o al menos asi me las imaginaba yo.
– Guisantes, esparragos, mayonesa, tres latas de aceitunas rellenas -anunciaba Paquita, abarcando con un movimiento de la cabeza el contenido de aquellas bolsas.
Mi padre al principio protestaba, aunque esta claro que lo hacia mas por cortesia que por otra cosa, como cuando un invitado se presenta en una casa con un ramo de flores o una botella de vino y el anfitrion le dice: «Pero ?por que te has molestado?»
?Mira que eres antiguo! -le replicaba Paquita-. Cuando roba para comer no es delito.
Desde luego, todos los escrupulos de mi padre se esfumaban en cuanto extendiamos todos aquellos botes y aquellas latas sobre la mesa de la cocina. Esos alimentos podian ser robados, pero yo puedo aseguraros que los escrupulos no quitan el apetito. Mi padre entonces zampaba como el que mas.
– ?Estan buenos estos guisantes! -exclamaba con la boca llena de guisantes robados.
Paquita tuvo bastante que ver con ese cambio del que ya os he hablado, el cambio experimentado por mi padre, y yo creo que, si no hubiera sido por su influencia, tal vez no se habria decidido a dar el paso que entonces dio. Fue en Almacellas donde empezamos a vivir de nuestro telefono. Tal como suena: de nuestro telefono. Eso, aunque yo no lo supe hasta varios meses despues, tiene un nombre, y el nombre es locutorio clandestino.
Nosotros teniamos montado en casa un locutorio clan- destino, pero no penseis que eso era una cosa del otro mundo. Era solo un telefono, como el que hay en todas las casas. En la nuestra estaba en el pasillo, y lo unico que ocurria era que la gente venia, hacia un par de llamadas y luego nos las pagaba. Pagaban, naturalmente, menos de lo que les habrian cobrado en un telefono publico, y con ese dinero mi padre y yo teniamos para vivir. Al cabo de un tiempo nos llegaria la factura, que por supuesto no podriamos pagar, y entonces nos cortarian la linea y ya veriamos lo que hariamos, si quedarnos alli hasta que se nos acabara el dinero o buscarnos otro apartamento con telefono. Sencillo, ?verdad? Tan sencillo que no se por que no hace lo mismo todo el mundo, quiero decir, todos los que esten como nosotros entonces, sin un duro.
Aquello, por supuesto, no era como para hacerse rico, pero para ir tirando no estaba nada mal, y algunos dias con-seguiamos hasta ochocientas o novecientas pesetas, lo que a mi me parecia una fortuna. Vosotros direis: que estupidez, nadie llamaria desde un sitio asi solo por ahorrarse unas pe- setillas. Cierto, pero lo que no sabeis es que aquella zona era eminentemente agricola y que aquel pueblo, en verano, se llenaba de temporeros del campo venidos del sur. ?Lo entendeis o no? Nadie venia a nuestro piso para llamar a Lerida, eso esta claro. Pero lo de aquellos hombres era otra cosa: ?verdad que, si tuvierais que pasar tres o cuatro meses lejos de vuestras casas y vuestras familias, llamariais con frecuencia? ?Verdad que de vez en cuando os apeteceria oir la voz de vuestros hijos y vuestras mujeres? ?Y verdad que tambien vosotros procurariais ahorrar algo de dinero en esas llamadas? Pues eso.
No me pregunteis como surgio la idea, ni si se le ocurrio a Paquita o a mi padre. Bueno, yo supongo que algo tendria que ver la cuenta del telefono dejada por Estrella. En el fondo, lo que ahora haciamos no era otra cosa que cumplir las amenazas formuladas aquel dia: las amenazas de llamar a Filipinas y a no se cuantos paises lejanos antes de que nos cortaran la linea. No me pregunteis tampoco en que momento me di cuenta del asunto que mi padre se traia entre manos. El telefono estaba ahi, en mitad del pasillo, y aquellos hombres venian a casa y llamaban, y a mi me daba la impresion de que eso podia haber sido siempre asi, de que podiamos llevar meses o incluso anos en ese pueblo viviendo del dinero de las llamadas. Era, por tanto, algo normal, y daba lo mismo que mi padre y yo nunca hablaramos de eso: yo lo sabia todo y mi padre sabia que yo lo sabia todo, y las explicaciones sobraban como cuando nos comiamos los guisantes y los esparragos que Paquita robaba mi la tienda de su tia.
Los temporeros llegaban en un par de furgonetas, esperaban pacientemente en el pasillo o el cuarto de estar, y luego llamaban a su pueblo y se iban por donde habian venido. Eso solia ser a la caida de la tarde, y os podeis imaginar lo extrano que resultaba ver como de repente la casa se llenaba de hombres como aquellos, hombres oscuros y recios que suspiraban como en un velatorio y luego hablaban a gritos por telefono. Si alguna tarde llegaba alguno nuevo, preguntaba casi siempre por Paquita: debia de ser ella la que se encargaba de captar clientes. Pero Paquita no solia estar en casa a esas horas, y era mi padre el que normalmente atendia a esos hombres, el que les acompanaba hasta el telefono, calculaba la duracion de la llamada y fijaba el precio.
Creo recordar que las conferencias las cobrabamos a diez pesetas el minuto. Digo cobrabamos porque, cuando mi padre no estaba en casa o estaba ocupado en otro asunto, los temporeros se asomaban al cuarto de estar y me decian:
– Toma, chico, los veinte duros de mi llamada.
Me pagaban a mi como si eso fuera un bar y yo fuera el hijo del dueno o uno de los camareros, y yo dejaba el dinero sobre la mesa para que mi padre lo cogiera. Mi padre, por supuesto, lo cogia sin hacer comentarios. Ya he dicho que yo lo sabia todo y que mi padre sabia que yo lo sabia.
Llego el dia de la enfermedad de Franco. El balcon estaba abierto. Reconoci el ruido del motor del Tiburon y segui con la imaginacion los pasos de mi padre por la es- calera. Se oyo entonces el tintineo de sus llaves y mi padre asomo la cabeza para preguntarme que estaba haciendo, Yo estaba haciendo el puzzle y mi padre me preguntaba que estaba haciendo, como si no estuviera bien claroque estaba haciendo el puzzle.
– El puzzle -dije.
Tenia el rostro desencajado. Se dejo caer en el sillon y, como reclamando mi atencion, exhalo un largo y sonoro suspiro. Le mire.
– Ha ocurrido algo importante -dijo-. Han ingresado a Franco en un hospital. Flebitis. A su edad puede ser mortal.
Se mantuvo un instante en silencio, a la espera de mi reaccion.
