A unos veinte metros de alli habia un pequeno canal, poco mas que una acequia. Mi padre se guardo todas aquellas monedas en un bolsillo y con un gesto me ordeno que le ayudara. Cargamos con la caja registradora. Ahora que sabiamos que alli dentro no habia dinero nos parecia mucho mas pesada.
– Si casi no hay agua -se lamento mi padre-. Vamos.
Tuvimos que descalzarnos y meternos en la acequia para ocultar la caja bajo el puente del camino. Bueno, ahi debajo tardarian unos cuantos minutos mas en encontrarla. Volvimos al coche con los pantalones empapados hasta las rodillas. Eso era exactamente lo que le faltaba a mi padre para terminar de desesperarse.
– ?Pero es que no lo entiendo! ?No entiendo por que lo has hecho! ?Como se te ha podido ocurrir?
Estabamos otra vez en marcha. Mi padre sacudia la cabeza a uno y otro lado, y a veces separaba las manos del volante como clamando al cielo.
– ?Que querias? ?Arruinarme definitivamente? ?Hundirme? ?Para hundirme no necesito la ayuda de nadie!
En eso mi padre tenia razon. Paquita, en el asiento de atras, seguia llorando como lloraria una pescadilla, ?uuu, uuu…!
– ?Di algo! -le gritaba mi padre-. ?Contesta por lo menos!
Paquita sorbio mocos y lagrimas y dijo que lo habia hecho por amor.
– ?Por amor?
– ?Claro! ?Uuu! ?Tenia que evitar que me dejaras por esa mujer, por la cantante!
– ?Estas loca! -dijo mi padre.
– ?Si! ?Estoy loca, pero estoy contigo! ?Donde estarias tu ahora, si no hubiera sido por esta locura? ?Y has de saber una cosa! ?Ya no puedes prescindir de mi! ?Te tengo en mis manos! ?Podria denunciarte! ?Podria ir ahora mismo a la policia y denunciarte por esto y por lo del telefono!
Asi transcritas, sus palabras tal vez os parezcan amenazantes. Os aseguro que, si hubierais escuchado el tono con que las pronuncio, habriais comprendido que en ellas habia mucho de suplica y nada, absolutamente nada, de amenaza. La propia Paquita debio de darse cuenta y volvio a su ya habitual «uuu». Hubo entonces un momento de silencio y mi padre dijo, tristemente y como para si:
– Estrella jamas habria vuelto a mi lado. ?Para que iba a renunciar a su nuevo protector, el de los pepinillos, ahora que las cosas le van tan bien? Estrella es una mujer de gustos caros. Yo nunca podria darle lo que ella necesita… Una vida segura, una casa con piscina y jardin.
Echo entonces un vistazo al asiento de atras. Las revistas de Estrella, llenas de casas con piscina y jardin, seguian ahi. Tambien yo las mire, y luego mire a mi padre. Mi padre estaba hablando de si mismo como de un pobre diablo, Eso es lo que era, un pobre diablo, pero yo nunca antes le habia visto asi.
– Yo solo tengo un defecto -prosiguio-. Para Estrella solo tengo un defecto, pero el mayor de los defectos. Soy pobre.
Ahora estaba claro. Mi padre era un pobre diablo que solo podia juntarse con mujeres como Paquita. Ladronzuelas del tres al cuarto. Tambien Paquita lo entendio asi y volvio a llorar, ?uuu, uuu!, y luego pidio a mi padre que parara el coche. Con el disgusto se le habian revuelto las tripas. La seguimos con la mirada mientras buscaba un lugar discreto detras de unas zarzas. A la luz de la luna Paquita era solo un bulto menudo y oscuro que se perdia en las sombras. Yo mire a mi padre pero el no me miro a mi. Estabamos los dos en silencio, y ante los faros encendidos del coche revoloteaban unos cuantos insectos nocturnos. Luego mi padre se volvio, agarro las revistas de Estrella y las tiro con rabia por mi ventana. Con aquel gesto pretendia decir adios a muchas cosas.
Fue justo en ese momento cuando a nuestra espalda aparecieron los faros del jeep. Debia de llevar puestas las largas, y el interior del Tiburon se ilumino y se lleno de sombras que decrecian lentamente y se balanceaban. Por algun motivo supe, sin verlo, que aquel era un jeep de la guardia civil y que nos adelantaria muy despacio y frenaria delante de nosotros, cerrandonos el paso. Un registro. Por entonces Franco estaba ya curado pero seguian siendo frecuentes los registros y controles de policia. Mi padre trago saliva.
– ?Son suyas estas revistas?
El guardia civil las sostenia entre las manos, y parecian de verdad eso que en las peliculas llaman el cuerpo del delito.
– ?Que? ?Ah, si! No se como habran llegado a… Se le habran caido a mi mujer. Ha sufrido una indisposicion - dijo mi padre, senalando con un movimiento de cabeza el lugar donde debia de encontrarse Paquita.
Aquello era ridiculo. Hay gente que se lleva lectura al cuarto de bano, pero a nadie se le ocurriria hacer una cosa asi cuando tiene que ponerse a cagar detras de una zarza y a la luz de la luna. El guardia retuvo aquellas revistas un par de segundos y luego se las entrego a mi padre, que le dio las gracias y volvio a dejarlas en el asiento trasero. Aunque aquel hombre no se lo habia preguntado, mi padre empezo a dar explicaciones y a decir que estabamos de viaje, que ibamos a Zaragoza a visitar a una prima suya que acababa de dar a luz. El otro guardia, mientras tanto, se habia asomado al interior del Tiburon por una de las ventanillas de atras y la luz de su linterna lo recorria todo como palpandolo. ?Que pretendia encontrar? ?La caja registradora? La verdad, no lo se, pero lo que si sabia era que mi padre se sentia atrapado e impotente. Y culpable, mi padre sobre todo se sentia culpable. ?Que explicaciones tendria que dar, por ejemplo, si nos hicieran salir para abrir el maletero y vieran nuestros pantalones empapados hasta las rodillas? De momento, sin embargo, lo unico que habian pedido era la documentacion.
– ?Y ese pajaro? -pregunto el segundo guardia-. Esta muerto.
Nos volvimos a mirar. El foco de la linterna caia sobre el cuerpecito del canario. Con aquella luz la jaula parecia un circo de juguete.
– ?Vaya! -exclamo mi padre-. ?Pobre Bernabe! ?Que disgusto se va a llevar mi mujer!
Entonces la luz de la linterna fue del canario al rostro de mi padre y de este al mio y luego otra vez al de mi padre.
– Pero, hombre, ?como se le ocurre poner la jaula ahi y viajar con todas las ventanillas abiertas? Para el animalito ha debido de ser como un huracan. ?Se nota que no estan acostumbrados a la carretera!
– ?Y su esposa? -intervino de nuevo el primer guardia-. ?Seguro que se encuentra bien?
Mi padre les dijo que no se preocuparan, que en su mujer no era extrano ese tipo de urgencias, y saco el brazo por la ventanilla como pidiendo que le devolvieran la documentacion. Los guardias, sin embargo, no se movieron. Parecian dispuestos a esperarla, dispuestos a permanecer alli todo el tiempo que hiciera falta. Mi padre sonrio con nerviosismo. Estaba claro que tambien Paquita los habia visto y que no pensaba salir mientras no se hubieran ido.
– ?No le parece que tarda demasiado? -pregunto uno de ellos.
Ay, que situacion tan absurda, todos esperando en silencio a que Paquita acabara de cagar y Paquita probable mente esperando a que aquellos dos hombres se cansaran de esperar.
– Quiza tendria que ir usted a echar un vistazo -dijo el otro.
Mi padre asintio con la cabeza y luego me miro a mi y se miro el pantalon. Ese pantalon mojado iba a levantar sospechas. El asunto podia llegar a resultar engorroso. Entonces mi padre se dispuso a abrir la puerta y yo asome la cabeza por mi ventanilla y, como sosteniendo entre las manos un megafono imaginario, grite:
– ?Mama! ?Tienes para mucho rato? ?Estos senores estan esperando!
No me pregunteis por que lo hice. Lo hice y basta. Mi padre me miro con sorpresa. Los guardias vacilaron un poco, y yo volvi a gritar:
– ?Tienes con que limpiarte? ?Quieres que te lleve panuelitos de papel?
Uno de los guardias carraspeo sonoramente, como queriendo dar a entender algo a su companero, y yo diria que se habrian marchado en ese mismo momento aunque Paquita no hubiera aparecido, digna y silenciosa, avanzando desde las zarzas a la luz de las linternas. Se despidieron de mi padre antes incluso de que ella hubiera llegado a meterse en el coche.
– Buen viaje -dijeron-. Aqui tiene su documentacion. Y con lo del canario, sea mas precavido la proxima vez.
Avanzabamos. La luna casi llena aparecia y desaparecia por la ventanilla de mi padre. Paquita viajaba en el asiento de atras. Lloraba nuevamente y en sus rodillas sostenia la jaula con el canario muerto. Yo iba delante, al lado de mi padre, y era consciente de haber recuperado mi sitio dentro del coche. El jeep de los guardias civiles nos adelanto al cabo de un rato y mi padre les mando un saludo temeroso a traves de la ventanilla.
– ?Y ahora que vamos a hacer? -dije yo.
