habiamos convertido en unos ladrones, una banda de ladrones perseguidos por la justicia, mas o menos como Patricia Hearst y los suyos.

– ?Viva! ?Viva! -exclamamos Paquita y yo al unisono, y ella acompaso nuestros gritos con una breve serie de bocinazos.

– ?Alto ahi! -interrumpio mi padre-. ?Quieres explicarmelo otra vez? ?Quieres repetir lo que me acabas de decir?

– ?Esta clarisimo! -intervine yo-. ?No querias ser rico? Pues ya lo eres. ?Somos ricos! Paquita ha robado mucho dinero y a partir de ahora todo sera diferente. ?Ahora podras ir al dentista a que te arregle esa dentadura!

Paquita se echo a reir y yo durante unos segundos aplaudi con todas mis fuerzas. Me entusiasmaba la idea de viajar por la noche, huyendo de la policia y cargando con el botin de un robo, y os aseguro que lo de Patricia Hearst y su comando de simbioticos habia sido lo primero que me habia venido a la cabeza. Durante las ultimas semanas no habia habido ninguna novedad sobre ellos, y ahora era como si nosotros los estuvieramos relevando, como si estuvieramos haciendo nuestra la aventura de esa chica norteamericana.

Paramos ante el portal de casa. Mi padre, que no habia abierto la boca en los ultimos minutos, agarro a Paquita por las munecas.

– Me estas tomando el pelo, ?verdad? Todo esto es una broma. No habras sido capaz…

– Tu y tus absurdos escrupulos. Sigueme.

Salieron del coche, y tambien yo sali. Paquita abrio el maletero. Lo hizo con los gestos tipicos del prestidigitador que abre el cofre en el que alguien del publico acaba de meterse y desaparecer.

– ?Tarari tarara! ?Muchas gracias por sus aplausos! -exclamo, triunfal.

Ahi dentro habia una caja registradora, la vieja caja registradora de la cafeteria.

– No he podido abrirla en el bar y he tenido que llevarmela asi. ?No sabeis lo que pesa!

Pulse un par de teclas para ver si habia suerte, pero Paquita dijo que no teniamos tiempo. La forzariamos mas tarde. Subimos al piso a recoger nuestras cosas. Nuestras mudanzas eran siempre mudanzas de emergencia, pero aquella mucho mas. Paquita nos ayudaba y nos apremiaba. Decia que teniamos que darnos prisa y que la policia podia aparecer en cualquier momento. Estaba tan excitada que no podia dejar de hablar. Tambien decia que, entre lo del cine y lo de la zarzuela, a lo mejor nos habiamos llevado mas de cien mil pesetas. ?Cien mil pesetas! ?Que hariamos con todo ese dinero? Yo apoye mi mano sobre el televisor portatil y dije:

– Esto lo dejamos aqui. Ahora podremos comprarnos uno en color.

Ni siquiera se si me oyeron, pero el caso es que nadie se ocupo de el, y ese televisor, que llevaba anos acompanandonos en todas nuestras mudanzas, quedo alli, abandonado. Cargamos todo lo demas en el coche y nos detuvimos un instante ante la casa de Paquita para que tambien ella recogiera algunas de sus pertenencias. El motor seguia en marcha y las luces encendidas. Yo observe el rostro de mi padre y comprendi que estaba a punto de echarse atras y estropearlo todo. Aparecio Paquita en el portal. Llevaba una inmensa bolsa de tela estampada, dos libros de Lobsang Rampa y una jaula con un pajaro.

– Es mi canario -dijo-. Se llama Bernabe.

– Pues ya puedes subir y dejar a Bernabe en su sitio -replico mi padre.

– Ni pensarlo. Se moriria.

Paquita no le habia comprendido. Lo que mi padre pretendia era regresar al teatro y devolver la caja registradora.

– Una cosa es cogerle unas latas de guisantes a tu tia y otra bien distinta ir atracando teatros y cafeterias. Vamos a ver si arreglamos las cosas.

Paquita no protesto pero fue como si lo hiciera. Metio su bolsa, sus libros y su canario, y luego se sento a mi lado en el asiento de atras.

– Haz lo que quieras, pero piensalo bien antes de hacerlo -fue todo lo que dijo.

El Tiburon echo a andar y a mi me parecio que ibamos despacio, muy despacio, como si en efecto mi padre necesitara tiempo, mucho tiempo, para pensarlo. Ni el ni Paquita hablaban, y yo me dije que romper ese silencio tal vez fuera peor. A esas horas habia ya muy poco trafico. Nos cruzamos con un par de camiones y con una moto con sidecar y con tres o cuatro coches. Luego nos cruzamos con dos coches de policia y por unos instantes nuestro silencio fue distinto, Un silencio mas opaco o mas tenso. Un silencio distinto, no sabria explicarlo mejor. Avanzabamos cada vez mas despacio y yo me temia que fueramos a pararnos en cualquier momento. Podia ser que esos policias fueran a buscarnos, podia ser que no, pero el caso es que, nada mas entrar en la ciudad, mi padre piso con fuerza el acelerador y tomo el desvio que llevaba a la carretera de Zaragoza. Iniciabamos, por tanto, la fuga.

– ?Viva! -gritamos Paquita y yo, aplaudiendo.

Yo creo que entonces tambien mi padre grito. ?Le habiamos contagiado nuestro entusiasmo? No se, pero mi padre era el que mas ganas tenia de iniciar una nueva vida en otra parte, sin tantos agobios, sin tantas miserias, y supongo que fue eso lo que acabo de convencerle.

– Alquilaremos una casita en algun sitio y la llenaremos de flores -dijo Paquita-. ?Flores, flores, muchas flores!

– ?Y compraremos una tele en color! -dije yo.

– ?Eso! -intervino mi padre-. ?Para que Paquita pueda ver mas flores por television!

Nos echamos a reir los tres. Nos reiamos porque si, porque en ese momento todo nos parecia gracioso. Paquita trato de contarnos como se habia llevado la caja aprovechando que no habia nadie en el bar, y nosotros nos moriamos de risa. Luego mi padre puso una de sus cintas con musica de peliculas y hasta eso nos parecia gracioso. El anunciaba la siguiente cancion, ?para ustedes, la conocida melodia deUn hombre y una mujer!, y Paquita y yo la tarareabamos como colegiales en su primer viaje en autobus. Algo asi debe de ser la felicidad: poder morirte de risa con algo que siempre te ha hecho morir de asco.

– Bueno -dijo mi padre, deteniendo el coche-. Ahora vamos a ver.

Aquella noche no habia luna llena pero casi. Salimos del coche y abrimos el maletero. La caja estaba en el centro, hermetica, tentadora. Mi padre dijo que tendriamos que sacarla y probar con las herramientas.

– El destornillador grande -dijo.

Ahora estabamos los tres en silencio, arrodillados en torno a la caja, esperando con ansiedad que el cajoncito negro saliera disparado y sobre nosotros cayera una breve lluvia de billetes de mil.

– El otro destornillador.

Paquita habia hablado de cien mil pesetas pero por mi cabeza pasaban cifras muy superiores, y estoy seguro de que a ellos dos les ocurria lo mismo. Cuanto mas se resistia aquella caja, mas valioso se nos antojaba el tesoro que protegia.

– El gato.

Hacer palanca con los destornilladores no habia servido de nada, y mi padre opto por reventar la registradora. Oimos un primer crujido, luego otro mas fuerte. Instantes despues, algo se rompio en el interior de aquel artefacto y el cajoncito salto limpiamente.

– Oh -dijo Paquita.

Mi padre cogio un punado de monedas y las agito en el hueco de la mano como si fueran dados.

– Aqui no hay ni doscientas pesetas -dijo.

Habia solo monedas. Bastantes pesetas, bastantes duros y unas cuantas monedas de veinticinco y de cincuenta. Pero ningun billete, nada con lo que uno pudiera pensar en al- quilar una casita y llenarla de flores, y yo os juro que mi primera reaccion fue decir:

– Tenemos que volver. Tenemos que recuperar el tele- visor portatil.

Permanecimos de rodillas unos instantes mas. Se puede estar arrodillado por veneracion y se puede estar arrodillado por simple abatimiento. Nuestra postura no habia cambiado. Lo que habia cambiado era todo lo demas, Luego mi padre se levanto y grito:

– ?Como he podido hacerte caso? ?Pero si estas local ?Como he podido hacer caso a una descerebrada?

Paquita se echo a llorar y no dejaria de hacerlo en toda la noche. Lloraba sin cerrar los ojos ni taparse la cara, repitiendo una y otra vez una «uuu» muy larga. Si los peces pudieran llorar, seguro que lo harian como Paquita.

– ?Uuu, uuu! -dijo-. ?Quieres que volvamos? ?Uuu!

– ?Si, claro! ?Ahora! ?Y que les decimos? ?Buenas noches! ?Les hemos robado la caja pero, como hemos visto que es- taba vacia, se la devolvemos! ?Disculpen las molestias!

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