de ser virgen. Nada mas.
Y decima y ultima cosa que supe de Miranda: que nunca mas volveria a verla. Ni en la base americana ni en mi casa ni en su clase de ballet. Nunca. En ningun sitio. Esta claro que esta no es una de esas cosas que sabes y ya esta. Ni siquiera ahora puedo estar seguro, porque la vida da muchas vueltas y vete a saber si aun algun dia me la encontrare en Espana o en America, pero de algun modo lo intui aquella misma manana, mientras volvia al club de golf confundido por la cantidad y diversidad de sensaciones que chocaban dentro de mi. Os sere sincero. Lo primero que yo senti al salir de aquella casa fue satisfaccion. Satisfaccion por haber hecho algo que solo hacian los adultos y por creerme ahora un poco mas cercano a ellos y un poco menos inexperto. Pero esa satisfaccion no duro mucho, apenas cien o doscientos metros, y de repente me pregunte si la gente lo notaria, si todas las personas con las que me cruzara se darian cuenta de que acababa de acostarme con una chica y de que habia sido mi primera vez. Me pregunto si es siempre asi, si todos los que acaban de echar su primer polvo se sienten transparentes, descubiertos, como en esos suenos en los que estas desnudo en medio de una multitud. A mi me parecia que habia algo en mi, una senal que me delataba y que, si la hubiera visto en otra persona, habria reconocido al instante. Y pensaba: «Ahora llegare al club y mi padre me notara cambiado, me vera esa senal y me preguntara de donde vengo y que he estado haciendo. Me preguntara todo eso sabiendo que vengo de follar y, ?horror!, quien sabe si me guinara un ojo y se echara a reir con risita de conejo…» Pero no os creais que cuando llegue al club seguia pensando lo mismo. Para entonces me importaba ya bastante poco lo que mi padre pudiera hacer o creer, y si habia algo que ahora me tenia atenazado era una vaga sensacion de culpa, la rara certidumbre de que mi infidelidad hacia Miranda no podia quedar impune. No es que me sintiera culpable por haberle sido infiel. Lo que sentia era que, con culpa o sin ella, acabaria recibiendo algun castigo.
Esa era la intuicion a la que antes me referia, y esa in- tuicion se confirmo al dia siguiente, martes o jueves, mientras estaba escuchando la radio de la base en el Tiburon. Estabamos entonces en la etapa de los «productos no perecederos», ya os explicare, y no podia jugar a la maquina del cobertizo. Asi que me pasaba las horas escuchando la radio de la base en el Tiburon, y aquella tarde vi el Chevrolet del padre de Miranda, y en el Chevrolet iba el padre de Mi- randa pero no Miranda. El padre de Miranda era un hombre alto, no como yo ni como mi padre. Alto y fuerte, y con una de esas narices anchas que parece que podrian aspirar un bote entero de polvos de talco. Le vi aparcar el Chevrolet en un lugar a la sombra y luego detenerse en el escalon y volverse a mirarme. Fueron solo tres o cuatro segundos. Despues el padre de Miranda entro en la casa e hizo sus llamadas a America, y esos tres o cuatro segundos fueron suficientes para que yo entendiera que en efecto iba a recibir el castigo de no volver a ver a Miranda y que esa seria precisamente la decima y ultima cosa que sabria de ella.
– ?Ya esta bien! -dijo mi padre-. ?No puedes tomarte esa sopa como una persona normal? ?Es necesario que ha- gas tanto ruido?
No, claro que no era necesario. Habia muchas cosas que yo no sabia, pero entre ellas no estaba tomarme la sopa sin hacer ruido. De hecho, se tomarme una sopa de muchas maneras: con ruido y sin ruido, goteando y sin gotear, sorbiendo y sin sorber.
?Pero donde habras aprendido a…? ?Mirame a mi! ?Mira como me la tomo yo! Y ahora dime, ?he sorbido?, ?me has oido sorber?
Estabamos en un restaurante y mi padre habia decidido convertir aquella comida en un cursillo sobre la manera correcta de tomarse una sopa.
– Es la cuchara la que tiene que ir a la boca -decia-, No la boca a la cuchara. ?Ves? Asi.
Yo asenti con la cabeza. ?Que importancia podia tener que la cuchara fuera a la boca o la boca fuera a la cuchara?
– Mira mi codo. Ahi esta la clave: en el codo. Tu no lo despegas de la mesa. Yo si. Si hicieras esto, si lo movieras asi, no tendrias que adelantar la cabeza y la cuchara entraria en la boca adoptando el angulo correcto…
Una cuchara que entra en la boca adoptando el angulo correcto: yo a veces pensaba que mi padre acabaria mal, muy mal.
– Venga. Prueba tu ahora. Eso es. Levantando el codo, buscando el angulo… Asi, muy bien.
Deje que una gota de sopa se escapara por una de las comisuras de mis labios y cayera sobre mi camisa. Mi padre se apresuro a restregar la mancha con su servilleta.
– Mala suerte. Has llenado demasiado la cuchara. Vuelve a probar. Pero ahora sin coger tanta sopa. Eso es, asi, asi, Ahora el codo… Levantando el codo, muy bien, muy bien… ?Y adentro! ?Has visto? No es tan dificil…
Mi padre me observaba con expresion satisfecha, como una senora gorda que hubiera ensenado a su perro salchicha a sostenerse sobre las patas traseras.
– Todo en la vida tiene un metodo, ?lo has comprendido? Todo tiene un metodo y una clave. Incluso algo tan tonto como tomarse un plato de sopa.
Decididamente, mi padre acabaria mal, muy mal.
Debiamos de estar ya a finales de octubre o principios de noviembre. Fue por entonces cuando nos cortaron el telefono y tuvimos que cambiar de casa. Ahora viviamos en un piso en Zaragoza, en el barrio de Torrero, no muy lejos de la carcel ni del cementerio. Tampoco muy lejos del canal que nos separaba del resto de la ciudad.
– Y de tu colegio, ?que? -dijo mi padre-. A ver si no descuidamos tu educacion.
Todo cambiaba muy deprisa para nosotros. Cambiabamos de ciudad o de barrio, cambiabamos de casa, cambiabamos de forma de vida. Tambien mi relacion con mi padre cambiaba con rapidez. Si pocos dias antes habia creido que podria llegar a entenderle, ahora estaba convencido de que eso era una tarea imposible para mi. ?Como demonios podia ahora venirme con todo eso de mi colegio y de no descuidar mi educacion? ?Pero es que todavia no se habia dado cuenta de que el y yo eramos unos delincuentes, unos fugitivos de la justicia? ?Es que ya no se acordaba de que habiamos estafado a unos parientes de Tarrasa y robado una caja registradora en Lerida y enganado a la compania de telefonos en todos los sitios por los que habiamos pasado? ?Cuando se ha visto que alguien con un historial asi a sus espaldas pretenda llevar una vida normal, como cualquier persona normal, y educar a su hijo como se educaria a los hijos normales de cualquier familia normal?
– A dos calles de aqui he visto un colegio -insistia-. Ire a hablar con el director para que te admitan cuanto antes.
Era absurdo. Era como si, en plena persecucion policial, Bonnie y Clyde se matricularan en un cursillo de mecanografia, ?no os parece? Pero ya conoceis a mi padre y ya sabeis que mi padre siempre habria querido hacer como la gente normal, que lleva una vida normal y manda a sus hijos a colegios normales. Era absurdo. Absurdo e indignante, y de nuevo los cuchillos apuntaban hacia arriba cuando era a mi a quien le tocaba fregar. Volvia, pues, a la anterior hostilidad, y la lista de cosas que podia echarle en cara se me hacia interminable: lo del colegio, lo del perro, lo de la vida normal como la gente normal…
Fui unos cuantos dias al colegio del que mi padre habia hablado. Pocos dias, los justos para localizar al chulo de la clase y decirle aquello de que o me comia la polla o le hinchaba un ojo. Una hora despues, mi padre y yo estabamos frente a frente en el despacho del director.
– Su hijo, y lamento tener que ser tan crudo, es un peli- gro para los otros chicos -dijo el director-. Asocial, agresivo, con graves problemas de inadaptacion…
Todo eso era verdad.
– No solo eso -prosiguio-. Es tambien un obseso sexual.
Bueno, eso era discutible, pero a mi me gustaria saber cuando fue la ultima vez que la mujer del director disfruto de una noche divertida.
– Y le dire mas -concluyo-. Tenemos motivos para so pechar que su hijo es un drogadicto.
Eso no. Eso si que no era verdad. Yo entonces casi sabia que eran las drogas y que los drogadictos, pero fija cual seria mi grado de hostilidad que ni siquiera proteste. Yo creo que hasta me agradaba ser todas esas cosas que aquel hombre decia: un drogadicto, un asocial, un gran problema para mi padre y para los demas. El director se- guia hablando de mi mientras nos acompanaba hasta la puerta:
– Este chico necesita una atencion especial, individualizada, que en este colegio no estamos en condiciones de proporcionarle.
Mi padre bajo la cabeza y ni siquiera se despidio. Estaba hundido. Estaba peor que si le acabaran de diagnosticar un cancer de pulmon. Buscamos en silencio el lugar en el q habia dejado el coche. Entramos los dos, metio la llave d contacto y solo entonces me miro y me dijo:
– ?Que puedo hacer contigo?
