puede quedar todo asi, sin aclarar. Porque no sabia a que venia esa estrategia de la que me habia hablado el sargento, ni me habian dicho hasta cuando habia que esperar a que Adelita confesara, ni tenia idea de lo que se suponia que habia de hacer yo.

Por una parte, no podia decirle lo que sabia porque habia que procurar que fuera ella la que confesara por si misma. Por otra, no decirselo me parecia improcedente, porque no hacia mas que mantener esta situacion absurda en la que ella, yog estaba segura, sabia que yo sabia.

Porque tenia que saberlo, tenia que haberlo adivinado. La explicacion que yo le habia dado de que una joya que podria ser la mia habia aparecido en Gerona no era creible. ?Por que no hablaba, entonces? ?A que esperaba? De todos modos, la policia tenia la prueba de que habia vendido una joya que no le pertenecia. Dijera el seguro lo que dijera, pagara o no pagara, un dia u otro tendrian que detenerla, tanto si confesaba como si no.

Lo malo es que yo tenia que irme dentro de cuatro dias como muy tarde, porque comenzaba el semestre, y si bien me las podia arreglar para retrasarme un par de dias, de ningun modo podia quedarme y esperar a que la situacion se aclarara.

Y asi no podia dejar la casa.

Ni siquiera podia llamar a un abogado. Al dia siguiente era vispera de Ano Nuevo y los despachos estarian cerrados. No parecia haber otra opcion que esperar. Por la noche me habian invitado a cenar unos amigos. Tal vez me haria bien distraerme, pero no me apetecia ahora vestirme y salir. Cerre los ojos para dejarme arrullar por las voces del televisor, convencida, sin apenas proponermelo, de que la huida hacia el sueno me traeria solaz y, quien sabe, tal vez al despertar fuera capaz de tomar una decision. O en ese breve lapso de tiempo algo habria ocurrido para que los acontecimientos la tomaran en mi lugar.

Me sobresalto el telefono y casi a continuacion la voz de Adelita, cortante y acusadora, que habia aparecido y asomaba la cabeza por la puerta: 'La llaman del cuartel de la Guardia Civil ', y salio entornando la puerta con la cara alta y el gesto digno.

La habitacion estaba casi en la penumbra, sin mas luz que la de la pantalla del televisor, que seguia imperterrita lanzando destellos y sombras sobre la pared contraria.

Adelita podia haberse quedado tras la puerta para escuchar la conversacion. O escucharla desde su propio supletorio, pero tendria que correr hasta su casa y lo mas probable es que yo la oyera descolgar. Me di prisa en despabilarme, me deshice de la manta que me cubria los pies, prendi la lamparilla y corri al telefono.

'Diga.' 'Soy el sargento Hidalgo.

Buenas tardes, senora.' 'Buenas tardes, sargento.' 'Queria saber que ha ocurrido en Gerona.' 'Nada, bien. Nada mas de lo que ya sabia.' '?Ha recuperado la joya?' 'Pues… no, dijo el policia que lo mas probable es que el joyero la hubiera vendido porque habia esperado el tiempo reglamentario y nadie la habia reclamado.' Del otro lado del hilo no habia mas que silencio. 'Tal vez se ha cortado', pense.

'?Oiga? ?Sargento?' 'Si, la oigo, si, si. Eso…

?Le ha asegurado que el joyero la habia vendido?' 'No ha asegurado nada. Ha insinuado que algo se podia hacer aun, pero no le ha parecido bien que hubiera puesto la denuncia.' '?Como dice?', grito el sargento y yo aparte el auricular de la oreja.

'?Au!', brame. 'Sargento Hidalgo, ?que le ocurre?' '?Le ha dicho que no deberia haber puesto la denuncia?', repitio con la voz mas contenida, aunque incredula y casi violenta.

'Si, eso ha dicho. Creo que eso ha dicho.' 'Bien, senora, vamos a dejarlo por hoy. Mire, estaremos aqui toda la tarde y la noche entera. Si algo ocurriera, no deje de llamarme. Ya le di mi telefono directo y el movil. ?Quiere que se los repita?'a 'No, gracias, sargento, los tengo ya', dije, un poco confusa, sin comprender que podia ocurrir, a que se referia el sargento. Y colgue.

La casa estaba en silencio, el atardecer se habia detenido y un asomo de luz estatica se mantenia en el horizonte. Esa seria la penultima noche del ano, pero ninguna senal habia en el cielo que anticipara el cambio de cifras que traeria consigo el ano proximo. De pronto me encontre con que no sabia que hacer y me sente de nuevo en el sofa pero apague la television.

No habrian pasado mas de diez minutos cuando aparecio Adelita.

Venia llorando y traia en la mano un cofrecito de madera con adornos de metal repujado.

'Tenga, mire', sollozo. 'Aqui estan todas las joyas que yo tengo.

Mire, mire y vera como no me he llevado nada', anadio al ver que yo no apartaba los ojos de ella. 'Mire, por dentro. Vera…' Y no pudo continuar porque los sollozos se hicieron mucho mas estridentes.

'Adelita, ?que quiere que mire?' Detuvo un instante el llanto y respondio: 'Parece que yo soy la ladrona, ?no?' Y yo le respondi con un cansancio infinito: 'De momento nadie la ha acusado, pero aunque asi fuera, el anillo no tendria por que estar forzosamente aqui, ?no le parece?' Habia en mi voz -Adelita parecia entenderlo incluso entre lagrimas- ironia, casi burla. Volvi a apoyarme en el sofa y cerre los ojos.

Fue en aquel momento, o quiza habia transcurrido un cuarto de hora, no sabria decirlo, cuando los sollozos se convirtieron en gritos.

Me levante, asustada, para ver que ocurria ahora y me encontre con Adelita tumbada en el suelo en el pasillo, detras del sofa. Se habia lanzado a un arranque de histeria, o de salvaje nerviosismo, se desga-c nitaba dando alaridos, moviendo brazos y piernas en un temblor incontenible. Los gritos dieron lugar a los alaridos y el inicial temblor se convirtio en una convulsion que la hacia dar bandazos y chocar contra el sofa por un lado y la pared por el otro. Asi rodando en el suelo, el cuerpo de aquella mujer, con las faldas que se le habian arremangado hasta los muslos y la cabecita hundida y escondida entre los hombros, accionando los brazos y las piernas y dejando que la saliva se le desparramara por la cara, se habia convertido en un amasijo de bultos indescifrables que buscaba en vano su lugar y su forma en aquella penumbra. La escena era completa, pero no logro convencerme. Asi que doble los brazos con paciencia y espere.

Ella seguia enloquecida, haciendo grandes esfuerzos para que fuera verosimil lo que en su opinion debia de ser un ataque de epilepsia provocado, sin duda, por el acoso a que yo la sometia. Aparecieron senales de agotamiento en su rostro convulsionado pero no solo no desfallecia, sino que anadia jadeos cada vez mas sonoros a sus gritos y lamentos.

'Adelita', grite de pronto para hacerme oir. 'Puede usted continuar todo el tiempo que quiera, poco tengo que hacer mas que ver como da usted fin a este espectaculo. Pero recuerde que, por bien que actue, no me convence. Asi que, puede usted continuar. Continue, continue.' Y acercandome a ella en actitud paciente me dispuse, como habia dicho, a contemplarla.

Adelita mantuvo la intensidad de aquel espasmo durante unos minutos mas, pateando y echando tanta espuma por la boca que me tenia maravillada, pero poco a poco fue calmandose y, de pronto, como si ya hubiera terminado, se levanto y, sorbiendose las lagrimas y las babas, respiro para retomar aliento, cogio el cofrecito que habia dejado sobre una mesa y se fue.e Le habra salido la vena de la actriz que debio de ser en sus anos juveniles, pense. O este ataque es la manifestacion de una grave enfermedad que la tiene al borde de la muerte desde la ninez. Y, aunque no estaba de humor para bromas, sonrei.

A los pocos minutos aparecio de nuevo y anuncio que iba al pueblo porque le faltaba harina y se habia quedado sin pan. Lo dijo con normalidad, aunque con un aire un poco ofendido, como si no hubiera ocurrido la escena de hacia poco mas de media hora ni ella hubiera sido su protagonista.

Cuando oi que se cerraba la puerta de la cocina, me levante, y antes de salir del salon apague la luz. Era de noche ya, aunque el reloj apenas marcaba las seis y Adelita se habia ido sin encender las luces, tal vez aposta. Ni las del jardin. Todo parecia estar sumido en las tinieblas y, sin saber por que, comence a sentir miedo al buscar el interruptor en la pared de la escalera. Subi a mi cuarto, me sente en un sillon, encendi la lampara de pie e intente en vano retomar el libro que habia estado leyendo. La casa estaba silenciosa y envuelta en oscuridad, excepto el halo de luz de la lampara. Fuera, el silencio de un atardecer de invierno podia ocultar mil demonios. De repente, recorde el hombre alto vestido de negro y con sombrero, y su imagen se me aparecio con tal nitidez que un rayo de inquietud me atraveso el cuerpo.

Me cubri los hombros con una manta de lana porque habia tenido un estremecimiento, de frio seria, me dije para tranquilizarme, y comprendi que no habria de ser capaz de fijar la atencion en nada ni lograria distraerme de esa pesadilla en que se habia convertido la espera, la inmovilidad a que se me habia condenado.

Sono el telefono.

'?Diga!, ?diga!' Al alargar la mano tire un jarron de flores.

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