la Guardia Civil. ' 'Senora Fontana, en el sobre no habia tal copia, ni documento alguno del juzgado, se lo aseguro.

Siento ahora no haberlo revisado con usted, pero no creera que yo hago desaparecer documentos. ?Con que objeto, ademas?' No estaba disgustado por mi escepticismo.

Me estaba explicando las cosas tal como habian ocurrido, me estaba aleccionando. Continuo: '?Cree usted que si yo hubiera tenido la copia de la denuncia no habria actuado con mayor celeridad? ?Se da cuenta de que no hay forma de hacer lo que me pide con la informacion que me ha dado? Porque yo confio en sus palabras, pero ?que las sustenta?' Aunque estaba segura de haber puesto yo misma la copia de la denuncia en el sobre blanco que habia entregado al primer abogado, y al segundo tambien, dude. Porque no habia revisado el contenido al entregarlo al hijo del senor Prats Sisquella. El sobre habia permanecido encima del escritorio del estudio, ?unos dias, unos meses?

No lo recordaba, y la propia Adelita podria haberla sustraido, o el primer abogado o el segundo haberla hecho desaparecer o, simplemente, se habia perdido. No parecia que hubiera motivos para dudar de lo que me decia ahora el senor Prats, pero ?confiaba en el? Reaccione: 'Aun asi, podria usted haber ido a la policia.' Puso cara de circunstancias: 'En primer lugar, usted ha dicho que la policia no tiene los documentos, asi que de poco me habria servido ir alli a buscarlos, en segundo, yo no tengo acceso a la informacion de la policia.' Y me miro de frente, como me miraba Adelita cuando mentia, pense.

'?Menos mal, pues, que usted no ha de defenderme! No habria justicia para mi, como tampoco la habra ahora.' 'La justicia no esta solo para que se recuperen objetos de valor, senora, sino para evitar condenar a un inocente.'c 'Ya lo se', pase por alto la velada acusacion, 'pero tambien deberia ocuparse de la propiedad privada, ?no?' No pude contenerme: '?No estamos en un liberalismo economico segun el cual lo mas importante es la propiedad privada, precisamente? Me esta usted hablando como si estuvieramos en Cuba, senor Prats.' Prefirio tomar mis palabras por una broma antes que iniciar una discusion sobre los valores de la civilizacion occidental que yo habia puesto en entredicho. Y lo hizo de la mejor manera: se levanto y me comunico que me enviaria la minuta a mi domicilio. Y anadio: 'Hagala efectiva a su comodidad.' No pude contenerme: '?Quiere decirme que minutara?' Esta vez el sarcasmo era evidente pero tampoco le afecto.

'Como usted vea, senora. De un modo u otro tendra que hacerla efectiva.' Sali del despacho indignada y, por que no admitirlo, humillada tambien. Con menos informacion aun de la que tenia al entrar y mucho mas perdida de lo que estaba. Me fui a casa y recogi mis cosas. Al dia siguiente vendria una vez mas el taxi para llevarme a la estacion. Luego tomaria otra vez el avion hacia Madrid.

Tenia la impresion de que no hacia mas que ir y venir de la casa del molino a mis clases en Madrid, sin ver otra cosa ni pensar en nada mas, y sin resolver absolutamente nada, desgastandome en una aventura que, debia admitirlo, me mantenia a mi en vilo e intacta la obsesion que me atenazaba. ?Me estare volviendo loca?

No, no me volvia loca, lo comprobe durante los quince dias que estuve de examenes. Trabaje como nunca lo habia hecho antes, con dedicacion, paciencia y eficacia, sin dormir apenas y preparando tex-e tos o corrigiendo examenes de mis cursos y de los del jefe del departamento, como si en ello me fuera la vida. Porque lo que queria era acabar cuanto antes y volver al unico lugar del mundo donde, estaba segura, ocurrian cosas trascendentales e insolitas que conmocionaban mi alma aunque fuera al precio de un sufrimiento confuso pero profundo que tan pocas veces habia conocido.

Tras su alegria al ver que habia despedido a Adelita, Gerardo comenzaba a inquietarse, a inquietarse y a enfadarse. No entendia lo que me estaba ocurriendo y yo no podia contarselo porque bastante tenia con ocultar unos sentimientos que ni sabia de donde procedian ni entendia por que me tenian prisionera.

En los atardeceres o incluso durante las calurosas noches de Madrid, cuando agotada de tanto trabajar me sentaba en el balcon de mi casa, un piso en la calle San Bartolome, y miraba a la gente caminar, gritar o charlar apoyados en los quicios de las puertas con esa desenvoltura que muestran jovenes y viejos cuando se acerca el verano, me parecian extraterrestres; tan lejos estaban mis pensamientos y mis afectos de lo que los movia a ellos. Nunca me habia sentido muy cerca de la gente, por eso no me gustaban las fiestas populares, las manifestaciones, los partidos de futbol o las procesiones.

Y eso a pesar de lo que habia sido en tiempos el obligado ejercicio de mis ideas. Visto desde el presente, me parecia extrano que durante todos aquellos anos yo no hubiera sido capaz de vencer esas aversiones, precisamente porque tenia tan claras las ideas y las defendia con tanto valor y entusiasmo. Ideas sobre la justicia, la libertad, sobre la igualdad de derechos. Ahora, y desde hacia tiempo ya, apenas pensaba en ellas, apenas hacia otra cosa que darlas por sabidas, adjudicandomelas no se por que motivo sin tocarlas ni enmendarlas ni revisarlas ni compararlas con las de los demas.

La evolucion del pais en la ultima decada ya no me afectaba; el cambio de partido en el gobierno, menos aun. Yo, como tantos otros, me escudaba en la decepcion, aunque ahora al cabo de los anos, sin querer profundizar en ello habria reconocido que con ella justificaba la fria distancia que habia tomado con la vida publica y con los hombres y mujeres que se dedicaban a la politica. Una decepcion que creia justa porque entre otras cosas nacia en una transicion que se habia hecho de forma muy distinta de como la habiamos esperado, una transicion que habia barrido de un plumazo la lucha contra la dictadura, que permitia seguir en sus puestos a los colaboradores y que habia puesto de manifiesto la debilidad de la izquierda, en una apagada, cuando no inexistente, lucha contra la reaccion. Y en ella me habia anclado, barriendo de una sola vez mis viejos intereses.

Si, yo tambien habia luchado cuando estaba en la universidad durante la dictadura franquista, e incluso despues, tambien fui a manifestaciones y corri ante la policia. Pero ahora me preguntaba, ya sin amargura, ?para que?

Fue tras esos anos cuando llego, o tal vez nos inventamos, esa decepcion que nos sirvio para, aferrandonos a ella, desentendernos de lo publico, como si se tratara de una invencion de los ganadores. Ya se sabe lo distinta que es la realidad de los suenos. No solo ya no creiamos en los que habiamos ayudado a obtener el poder, sino que ni siquiera nos preocupaba que la derecha volviera a gobernar. Algunos de nosotros, ?por que no?, se pasaron a esa derecha que habia sido su enemigo. Alli estaban en sus puestos sobresalientes, vestidos de marca y escalando los peldanos del poder. Yo no llegue a tanto, pero me quede inmovil sin defender ni atacar, reconcomiendome en mi de-i cepcion, una forma como cualquier otra de pasarse al enemigo, hasta que los anos pulieron las aristas del resentimiento y deje de pensar en la politica. Soy de los que prefieren que ganen los estupidos antes que votar en unas elecciones.

Ya casi somos mayoria.

A Samuel, mi marido, le habia ocurrido lo mismo que a mi. O mejor dicho, fue el quien me transmitio o me inoculo el virus, o la lucidez, de la decepcion, al tiempo que tambien el, y yo con el, olvidaba por inutiles tantas otras luchas como habiamos hecho nuestras en la universidad. El estudiaba Derecho, pero aunque acabo la carrera, nunca ejercio. Tenia la fortuna personal de la herencia de sus padres, no tenia hermanos y queria ser pintor. Asi me expuso su situacion cuando yo volvi de La Jolla, en California, cinco anos despues de haberme doctorado con una tesis en virologia, dispuesta a continuar con la investigacion en Salamanca, aprovechando el contrato de reinsercion que me habian ofrecido tras mil inutiles intentos por volver a Espana. Diez anos de estudios y de dedicacion constante, sin embargo, se esfumaron sin que yo apenas me diera cuenta, y sin luchar tampoco contra Samuel, que entendia la pareja, el matrimonio incluso, el que tanto lo habia denigrado, como una forma de vida que no admitia mas pensamiento que la familia que se suponia que ibamos a crear.

'Y tu, ?tambien pensaras en la familia?' 'No veo por que ser pintor tenga que alejarme de ella.' No recuerdo del todo cuales fueron los argumentos que esgrimio para convencerme ni cuales los mios para rendirme. No debieron de ser ni demasiados ni muy solidos y, sin embargo, no habian pasado seis meses cuando me encontre con el anillo en el dedo y un contrato por un ano de profesora ayudante, en la Facultad de Biologia de la Complutense de Madrid habia renuncia-a do al contrato de reinsercion para trabajar en Salamanca, habia truncado el camino de la investigacion que habia comenzado en Estados Unidos y estaba decidida a hacer del pequeno apartamento de Madrid, que habia sido de mis suegros, mi nuevo domicilio. No puedo echarle a el la culpa. No la tenia. Era como si yo hubiera dejado de ser la persona que era, como si mis cualidades y mis defectos se hubieran allanado, y mi pasion hubiera desaparecido.

?Por que no segui? Tenia como pretexto que el contrato de reinsercion, el que me permitiria seguir investigando, suponia vivir en Salamanca, y Samuel queria que vivieramos en Madrid, donde tenia a sus amigos y donde habia vivido siempre excepto los dos cursos que estuvo en la Universidad de Barcelona, cuando nos conocimos y nos enamoramos. Aunque no recuerdo los arrebatos de amor que nos llevaron a casarnos, ni se

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