– No… -dijo el ayudante.

– Este es falso…

– Pues ha sido mi patron quien me lo ha dado… -dijo el ayudante amablemente, con una sonrisita y un imperceptible gesto.

El empleado rio con ironia.

– Entonces no me extrana que sea falso. Esta misma manana nos compro diez.

– ?Diez que? -dijo el ayudante.

– Diez billetes falsos.

– Pero, ?para que? -dijo el ayudante.

Su sonrisa se iba atenuando y ladeandose hacia la izquierda.

– Para darselos a usted -dijo el empleado-. En primer lugar, para que usted se ganara la bronca, bronca que ya le estoy echando; primo y secundo, para que se viera obligado a pagar la multa.

– ?Multa por que? -dijo el ayudante-. Tengo muy poco dinero.

– Porque es una cerdada viajar con billete falso… -dijo el empleado.

– ?Pero si son ustedes los que los fabrican!

– Resulta necesario, puesto que hay individuos lo bastante cerdos como para viajar con billetes falsos. ?O crees que es divertido fabricar billetes falsos todo el dia?

– Seguro que harian mejor limpiando el anden -dijo el ayudante.

– Dejese de juegos de palabras -dijo el empleado-, Pague la multa. Son treinta francos.

– Eso no es verdad -dijo el ayudante-. Son solo doce francos cuando no se lleva billete.

– Es mucho mas grave llevar uno falso -dijo el empleado-. ?Pague o llamo al perro!

– No vendra -dijo el ayudante.

– No -dijo el empleado-. Pero, con todo, a usted le zumbaran los oidos.

El ayudante contemplo el rostro lugubre y descarnado del empleado, quien le devolvio una mirada venenosa.

– Tengo muy poco dinero -murmuro.

– Yo tambien -dijo el empleado-. Pague…

– Me da solo cincuenta francos diarios… -dijo el ayudante-, y tengo que comer…

El empleado tiro de la visera de su gorra, y un toldillo azul descendio por delante de su rostro.

– Pague… -dijo mientras el indice y el pulgar de su mano se frotaban entre si.

El ayudante saco un monedero lustroso y recosido. Extrajo de el dos billetes de diez francos llenos de cicatrices, y uno mas pequeno, de cinco, que sangraba todavia.

– Veinticinco… -propuso sin conviccion.

– Treinta… -dijeron los tres dedos extendidos del empleado.

El ayudante suspiro y el rostro de su patron vino a aparecer entre los dedos de su pie. Le escupio encima, justo en el ojo. Su corazon latia con mas intensidad. El rostro se difumino y se deslucio. Deposito el dinero en la mano tendida y salio. Aun llego a oir el ruidito que hacia la visera de la gorra al recuperar su posicion habitual. Con paso lento llego hasta el borde del repecho. El macuto le lastimaba las escualidas caderas, y el mango de bambu de su red le golpeaba, siguiendo el ritmo de su paso, las malformadas y enclenques pantorrillas.

II

Empujo la verja de hierro, que cedio con un chirriar espantoso. Una gran lampara roja se encendio en lo alto de la escalinata, y un timbre resono debilmente desde el interior del vestibulo. Entro con la mayor rapidez que pudo y volvio a cerrar la verja no sin electrocutarse, pues el dispositivo antirrobo no se encontraba en aquel momento en su posicion habitual.

Comenzo a caminar por la alameda. Justo a mitad de camino, su pie tropezo con un objeto duro, y un chorro de agua helada broto del suelo penetrandole entre el tobillo y el pantalon y empapandole hasta la rodilla.

Se puso a correr. La colera, como cada tarde, se iba apoderando de el progresivamente. Subio los tres escalones con los punos apretados. Al llegar arriba, la red se le engancho entre las piernas y, en el movimiento que hizo para evitar caer, desgarro su macuto por segunda vez en un clavo que surgio de la nada. Algo se habia roto en el interior de su cuerpo, y jadeaba intensamente sin decir palabra. Al cabo de unos instantes se calmo, y el menton se le volvio a derrumbar sobre el pecho. Luego noto el frio de su humedecido pantalon, y agarro el picaporte de la puerta. Volvio a soltarlo precipitadamente. Un maloliente vapor se desprendia de el, y un fragmento de su piel, que habia quedado pegado a la ardiente porcelana, se ennegrecia y abarquillaba. La puerta estaba abierta. Entro.

Sus flacas piernas le sostenian con dificultad, y se dejo caer en un rincon del vestibulo, sobre el frio enlosado con olor a lepra. Su corazon bufaba entre sus costillas, y lo sacudia con grandes golpes brutales e irregulares.

III

– Es poca cosa -dijo su patron.

Estaba examinando el contenido del macuto.

El ayudante, de pie ante la mesa, esperaba.

– Ademas, los ha estropeado -anadio el patron-. El borde de este esta completamente destrozado.

– Es que la red es demasiado vieja -dijo el ayudante-. Si desea que les atrape sellos nuevos y en buen estado, tendra que conseguirme una red adecuada.

– ?Quien es el que usa la red? -dijo el patron-. ?Usted o yo?

El ayudante no respondio nada. Su mano quemada le estaba doliendo.

– Responda -dijo el patron-. ?Usted o yo?

– Yo, pero para usted -dijo el ayudante.

– Creo que no le obligo a hacerlo -dijo el patron-, Si tiene la pretension de ganar cincuenta francos diarios, imagino que, en cualquier caso, tendra que justificarlo.

– Menos treinta francos por el billete… -dijo el ayudante.

– ?Que billete? Le pago el viaje de ida y vuelta.

– Con billetes falsos.

– No tiene mas que mantenerse atento.

– ?Y como quiere que me de cuenta?

– No es dificil -dijo el patron-. Son evidentemente falsos cuando estan hechos con carton ondulado. Los billetes normales son de madera.

– Esta bien -dijo el ayudante-. Pero tendra que devolverme mis treinta francos.

– No. Todos estos sellos estan en mal estado.

– No es verdad -dijo el ayudante-. Me he pasado dos horas pescandolos, y me he visto obligado a romper el hielo. He tomado las maximas precauciones, y apenas si habra estropeados dos sobre sesenta.

– Pero no son los que yo queria -dijo el patron-. Deseo el dos centimos de Guayana de 1855. No tengo nada que hacer con la serie de Zanzibar que, ademas, ya la pesco ayer.

– Se pesca lo que se encuentra -dijo el ayudante-. Sobre todo con una red semejante. Y, por otra parte, no es la temporada de los de Guayana. Y en cuanto a los de Zanzibar, podra cambiarlos.

– Todo el mundo los encuentra este ano -dijo el patron-. No tienen valor ninguno.

– ?Y el chorro de agua en las piernas, y el dispositivo de la verja, y el picaporte de la puerta…? -exploto de repente el ayudante.

Su rostro escualido y amarillo se poblo de arrugas, y parecia a punto de llorar.

– Todo eso le endurece -dijo el patron-, Y ademas, ?a que quiere que me dedique? Si no, me aburria.

– Vaya a buscar sellos -dijo el ayudante.

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