Estaba consiguiendo contenerse solo a costa de un esfuerzo considerable.

– Le pago para eso -dijo el patron-. Es usted un ladron. Roba el dinero que gana.

El ayudante se paso la gastada manga por la frente con un gesto cansado. Sentia la cabeza tan despejada como una esquila. La mesa se separo ligeramente de el, y busco algo a lo que aferrarse. Pero la chimenea se zafo a su vez, por lo que se derrumbo.

– Levantese -dijo el patron-. Sobre mi alfombra no…

– Quisiera cenar… -dijo el ayudante.

– La proxima vez, regrese mas temprano -dijo el patron-, Y ahora, levantese. No quiero verlo sobre mi alfombra. ?Levantese, demonios!

Su voz temblaba de furor y sus nudosas manos tamborileaban sobre el escritorio.

El ayudante hizo un esfuerzo terrible y consiguio ponerse de rodillas. El vientre le dolia, y de la mano le salia suero mezclado con sangre. Se la habia vendado con un panuelo sucio.

El patron hizo una rapida seleccion y le arrojo tres sellos a la cara. Estos se adhirieron a su mejilla con un ligero ruido de ventosa.

– Ira a devolverlos al lugar de donde los saco -dijo.

Amartillaba las silabas para darles la forma de puas aceradas.

El ayudante lloraba. Los lacios cabellos le caian sobre la frente, y los sellos le marcaban la mejilla izquierda. Pesadamente, se puso en pie.

– Por ultima vez -dijo el patron-. No quiero sellos en mal estado. Y no me cuente historias sobre la red.

– No, senor -dijo el ayudante.

– Ahi tiene sus cincuenta francos -dijo el patron.

Saco un billete de su bolsillo, escupio encima, lo desgarro a medias y lo arrojo al suelo.

El ayudante se agacho penosamente. Sus rodillas crujian con repiqueteos breves y broncos.

– Lleva la camisa sucia -dijo el patron-. Dormira fuera esta noche.

El ayudante recogio el billete y salio de la estancia. El viento soplaba a mas y mejor, y agitaba el cristal ondulado situado delante de la reja de hierro forjado de la puerta del vestibulo. Volvio a cerrar la del despacho, no sin dirigir una ultima ojeada hacia la silueta de su patron. Inclinado sobre su album de Zanzibar, y provisto de una gran lupa amarilla, este estaba comenzando a cotejar, para luego proceder a la evaluacion.

IV

Volvio a bajar las gradas de la escalinata, apretujando en torno a su cuerpo su larga pelliza verdecida por contactos demasiado prolongados con el agua de las charcas de sellos. El viento se colaba por los agujeros del tejido e hinchaba su espalda hasta darle el aspecto de un jorobado, lo que no dejaba de ir en perjuicio de su columna vertebral. Sufria, ademas, de mimetismo interno, y cada dia debia luchar para conservar sus organos afectados con su funcion habitual y su forma ordinaria.

Era noche completamente cerrada ahora, y de la tierra se desprendia un reflejo deslucido y barato. El ayudante giro a la derecha y siguio el muro de la casa. Se guiaba por la linea negra que formaba la manguera desenrollada de la que su patron se servia para ahogar las ratas de la bodega. Llego por fin a la caseta de perro contigua a esta, y apolillada, donde ya habia dormido la vispera. La paja, en su interior, estaba humeda y olia a cucarachas. Un viejo trozo de manta semicerraba el redondeado acceso. Cuando la aparto para introducirse a tientas, se produjo un destello cegador y una explosion. Un gran petardo acababa de estallar en el interior de la caseta llenandola de un violento olor a polvora.

El ayudante se sobresalto, y su corazon parecia que iba a enloquecer. Trato de dominar sus latidos dejando de respirar, pero los ojos comenzaron a danzar casi al instante, y trago con avidez una bocanada de aire. El olor de la polvora se adentro en sus pulmones al mismo tiempo, y consiguio calmarle un poco.

Espero a que el silencio volviese a reinar y escucho con atencion. A continuacion silbo suavemente. Sin siquiera volverse, penetro a gatas en la caseta y se acurruco sobre la infecta paja. Silbo de nuevo y volvio a prestar oido. Unos pasos ligeros y menudos se aproximaban, y a favor del palido reflejo del suelo, pudo ver a su cosa viviente que venia a su encuentro. Se trataba de una cosa viviente, suave y peluda, domesticada, a la que alimentaba peor que mejor con peces muertos. Entro a su vez en la caseta y se tumbo pegada a su lado. El se acordo de repente de algo y se llevo la mano a la mejilla. Los tres sellos estaban empezando a chuparle la sangre, y se los arranco brutalmente, conteniendose para no gritar. Los arrojo lejos de si, al exterior de la caseta. La humedad del suelo los conservaria, sin duda, hasta el dia siguiente. La cosa viviente empezo a lamerle la mejilla, y el le hablo para calmarse. Le hablaba en voz baja, pues su patron utilizaba sistemas para escucharle cuando estaba solo.

– Me tiene harto -susurro.

La cosa viviente emitio un dulce murmullo y le lamio con mas entrega.

– Creo que deberia hacer algo. No dejarme maltratar, ponerme camisas limpias a pesar de su prohibicion y hacerme con billetes falsos de madera. Y tambien, reparar la red e impedirle que le haga agujeros. Creo que deberia negarme a dormir en esta caseta y exigir mi habitacion, asi como pedirle aumento, porque no puedo vivir solo con cincuenta francos diarios. Y, ademas, deberia engordar y ponerme robusto y muy lustroso, y rebajarme cuando menos lo esperase, y arrojarle un ladrillo a la cabeza. Si, me parece que lo hare.

Cambio de posicion y discurrio con tanta intensidad que el aire de la caseta comenzo a escapar a rafagas por la redondeada abertura, y no quedaba ya suficiente para respirar en el interior. Cierto que volvia a entrar un poco por las grietas que habia en el suelo de la caseta, a traves de la paja, pero ello contribuia a aumentar todavia mas el olor a cucaracha, que se mezclaba ahora con un desagradable aroma a babosas en celo.

– No me gusta esta caseta. Hace frio. Afortunadamente, estas aqui. Se oyen ruidos en la bodega. Debe ser el agua que esta entrando en las madrigueras de las ratas. No se puede dormir con chillidos de roedores en los oidos todas las noches que el buen Dios nos apaga. ?Por que se empena a toda costa en matar a esas ratas, y ademas en matarlas con agua? A las ratas se las mata con sangre.

La cosa viviente ya no le lamia. La podia ver de perfil sobre el fondo gris de la luminosa tierra, con su fino hocico, sus orejas puntiagudas y sus amarillos ojos que reflejaban algunos destellos frios. Giro ella sobre si misma, buscando un sitio comodo, y se coloco por fin pegada a el, con el morro sobre sus muslos.

– Tengo frio -dijo el ayudante.

Y se puso a sollozar silenciosamente. Sus lagrimas resbalaban sobre la paja, de la que se levantaba un ligero vapor, con lo que el contorno de los objetos se hacia difuso.

– Despiertame manana temprano -anadio-. Tengo que volver a llevarme esos tres sellos. Con tal de que no me de un billete falso para el tren…

Se produjo un estrepito lejano y a continuacion grititos agudos y ruidos de menudos galopes.

– ?Oh…! -dijo el ayudante-. ?Ya esta! ?Ya empezo otra vez con las ratas! Me gustaria que fuese una de ellas. Yo mismo sujetaria la manguera. Espero que me de mis cincuenta francos manana por la noche. Tengo hambre. Me comeria una rata viva.

Se apreto el vientre con las dos manos y siguio llorando. A continuacion, el ritmo de sus sollozos fue aminorando poco a poco, de la misma manera que se detiene una locomotora, y su cuerpo retorcido se relajo. Sus pies salian por la abertura de la caseta, y se durmio con la mejilla apoyada sobre la paja maloliente. De su vientre vacio surgia un ruido de grava.

V

Desde la habitacion por la que se estaba arrastrando, el patron oyo la melodiosa frase mediante la cual la vendedora de pimienta anunciaba de ordinario su paso. Entonces, se puso sobre sus pies, comprobo que de tal manera tambien podia andar, y corrio hacia el vestibulo, cuya puerta abrio con consciente brutalidad. De pie en la escalinata, contemplo como la joven se acercaba.

Llevaba ella su uniforme habitual, una faldita tableada a ras de las nalgas, calcetines cortos de color rojo y

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