– Un billete falso, paja con cucarachas, mis treinta francos y ademas tengo hambre. ?Y mis cincuenta francos de hoy?

El patron ya casi no se movia y los gusanos habian dejado de salir.

– Queria matarte, sucio cabron. Era preciso que te matara. Que te matara bien muerto, viejo imbecil, a ti, si. ?Y mis cincuenta francos, eh?

Saco el mango de la herida y golpeo con gran fuerza sobre el carbonizado craneo, que se deshizo como la corteza de un suffle demasiado cocido. En el lugar de la cabeza del patron ya no quedaba nada. La cosa terminaba en el cuello.

El ayudante dejo de temblar.

– ?Prefieres desaparecer? De acuerdo. Pero, por mi parte, es preciso que mate a alguien.

Se sento en el suelo, lloro como lo habia hecho la vispera, y su cosa viviente acudio a paso ligero, en busca del calor de una amistad. El ayudante cerro los ojos. Sentia sobre la mejilla el contacto suave y tierno, y sus dedos se cerraron sobre el delicado cuello. La cosa viviente no hizo ni un solo movimiento para desasirse, y cuando la caricia se hizo fria en su mejilla, se dio cuenta de que la habia estrangulado. Entonces se levanto. Fue dando traspies a lo largo de la alameda y salio por fin al sendero. Giro a la derecha sin saber por que, y el patron ya no se movia en absoluto.

VII

Vio la gran charca de los sellos azules justo delante de el. La noche caia y el agua refulgia con reflejos misteriosos y lejanos. La charca era poco profunda. En ella habia sellos por centenares, pero no tenian mucho valor, pues se reproducian durante todo el ano.

Saco dos estacas de su macuto y las clavo en las proximidades de la charca, a un metro la una de la otra. Entre las dos tendio un alambre de acero estridente, y pulso con el dedo para obtener una nota triste. El alambre estaba situado a diez centimetros del suelo, paralelo a la orilla de la charca.

El ayudante se alejo algunos pasos, despues se volvio haciendole frente al agua, y camino derecho hacia el hilo. Llevaba los ojos cerrados y silbaba una melodia tierna, la que mas le gustaba a su cosa viviente. Andaba levemente, con pasos menudos, y sus pies tropezaron con el alambre. Cayo, con la cabeza en el agua. Su cuerpo permanecia inmovil y, bajo la muda superficie, algunos sellos azules empezaban ya a adherirse a sus mejillas macilentas.

Blues por un gato negro *

I

Peter Gna salio del cine con su hermana. El aire fresco de la noche, con perfume de limon, sentaba bien despues de la atmosfera de la sala, pintada de azul de Auvernia, con las logicas consecuencias. Habian visto unos dibujos animados profundamente inmorales, y Peter Gna, furioso, hacia molinetes con su chaqueton canadiense, de tal manera que se cargo a una vieja dama todavia intacta. Los olores precedian a las personas por las aceras. Iluminada por las farolas y por las luces de los cines y de los coches, la calle cabrilleaba un poco. La cosa se ponia todavia mas compacta en las callejuelas transversales, y ellos torcieron hacia Folies-Bergere. Un bar cada dos casas; dos chicas delante de cada bar.

– ?Hato de sifiliticas! -refunfuno Gna.

– ?Todas? -pregunto su hermana.

– Todas -aseguro Gna-. Me las encuentro en el hospital y a veces te ofrecen las nalgas so pretexto de que se las han enlucido.

Su hermana sintio un escalofrio por la espalda.

– ?Que significa enlucido?

– Es cuando ya no se da la reaccion Wassermann -dijo Gna-. Pero eso no prueba nada.

– Y que los hombres no se desganen… -dijo su hermana.

Giraron a la derecha e inmediatamente despues a la izquierda, y algo maullaba bajo la acera. Entonces se detuvieron para ver de que se trataba.

II

En principio, el gato no tenia ganas de pelea, pero cada diez minutos al gallo emitia un chillido estridente. Se trataba del gallo de la senora del primero. Lo estaban cebando para comerselo en el momento oportuno. Los judios acostumbran comerse siempre un gallo en determinada fecha y, hay que decirlo, este se deja comer. El gato estaba hasta la coronilla del gallo. Si por lo menos jugase… Pero no, siempre sobre sus dos patas y haciendose el astuto.

– Agarralo -dijo el gato, y le lanzo un buen zarpazo a la cabeza.

Esto ocurria en el alfeizar de la ventana de la portera. Al gallo no le gustaba pelear, pero su dignidad… Emitio un gran cacareo y castigo los lomos del gato con un picotazo.

– ?Cerdo! -dijo el gato-. Asi que me tomas por un coleoptero… ?Pero te hare cambiar de opinion!

Y ?plaff!… Un cabezazo en la quilla… ?Bestia de gallo! Nuevo picotazo en la columna vertebral del gato, y otro mas a la altura de los rinones.

– ?Ahora veras! -dice el gato.

Y le muerde en pleno cuello. Pero tiene que escupir un bocado de plumas, y antes de que vuelva a ver las cosas claras, recibe dos directos de ala y rueda hasta la acera. Pasa un hombre. Le pisa la cola al gato.

El gato salto en el aire, volvio a caer en la calzada, evito una bicicleta que cargaba contra el, y pudo constatar que la alcantarilla tenia una profundidad de un metro sesenta aproximadamente, con un resalte a un metro veinte de su boca, pero muy estrecho y lleno de porquerias.

III

– Es un gato -dijo Peter Gna.

Resultaba poco probable que otro animal llevara su perfidia hasta el punto de imitar la voz del gato, llamada habitualmente maullido, por onomatopacion.

– ?Como habra caido ahi?

– Ese cerdo del gallo -dijo el gato- y una bicicleta subsiguiente.

– ?Fuiste tu quien empezo? -pregunto la hermana de Peter Gna.

– No -dijo el gato-. Me provocaba gritando sin parar. Y sabe que eso me horroriza.

– No se le debe guardar rencor -dijo Peter Gna-. Van a cortarle el cuello muy pronto.

– Y haran bien -dijo el gato con una sonrisa de satisfaccion.

– Esta muy mal -dijo Peter Gna- que te alegres de la desgracia ajena.

– No -dijo el gato-, puesto que yo mismo me encuentro en un apuro.

Y se puso a llorar con amargura.

– Un poco mas de valor -dijo severamente la hermana de Peter Gna-. No eres el primer gato que se cae en

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