azul y un bolero que dejaba descubierta la parte inferior de los senos, sin olvidar el gorrito de algodon a rayas rojas y blancas que los vendedores de pimienta de isla Mauricio han impuesto en el mundo a fuerza de paciencia.
El patron le hizo una senal, y ella avanzo por la alameda. El bajo al mismo tiempo los escalones y se adelanto a su encuentro.
– ?Hola! -le dijo-. Querria pimienta.
– ?Cuantos granos? -pregunto la joven con una sonrisa fingida, pues le detestaba.
Sus negros cabellos y su piel mate causaban al patron el efecto de un vaso de agua fria sobre los cataplines, efecto muy importante, a decir verdad.
– Suba los escalones -le dijo- y le precisare la cantidad.
– Lo que usted quiere es quedarse abajo y verme los muslos. Eso es todo, ?a que si?
– Si -dijo el patron babeando.
Y ya tendia las manos.
– Primero pague la pimienta -dijo ella.
– ?Cuanto?
– Cien francos el grano, y con derecho a probarlo primero.
– ?Subira los escalones? -murmuro el patron-. Le regalare una serie de Zanzibar.
– Ayer mi hermano trajo tres a casa -dijo la joven con una risita meliflua-. Pruebe, pruebe mi pimienta.
Le alargo un grano y el patron no se dio cuenta de que se trataba de una semilla de clavel venenoso. Sin desconfianza alguna, se la llevo a la boca y la trago.
La vendedora de pimienta se alejaba ya.
– ?Como? -se asombro el patron-, ?Y los escalones?
– ?Ja, ja, ja! -dijo la vendedora de pimienta con una malignidad consumada.
Durante ese tiempo el patron comenzo a notar los efectos reconfortantes del veneno, y se puso a correr a toda velocidad alrededor de la casa. Apoyada en la verja, la vendedora de pimienta le contemplaba.
A la tercera vuelta, le hizo una senal y espero a que el la mirase a su vez, lo que acabo haciendo en el curso de la cuarta vuelta, y ello sin dejar de correr cada vez mas deprisa. Entonces, la joven se levanto la faldita tableada y, desde su posicion, vio el rostro del patron volverse de color violeta, a continuacion completamente negro, y despues comenzar a arder. Y como la estaba mirando con los ojos clavados sobre lo que le ensenaba, se le enredaron los pies en la manga de riego que utilizaba para ahogar a las ratas. Se desplomo, dandose de cara contra una gran piedra, y esta se le empotro exactamente entre los pomulos, en el emplazamiento de la nariz y de las mandibulas. Sus pies pataleaban aun contra el suelo, en el que excavaban un doble reguero donde poco a poco, y a medida que sus zapatos se fueron gastando, se vio aparecer las huellas de los cinco groseros dedos del pie de los que se servia para sujetar sus calcetines.
La vendedora de pimienta volvio a cerrar la reja y reemprendio su camino, echando para el otro lado la borla de su gorrito de algodon, en senal de befa.
VI
El ayudante se esforzaba en vano en abrir la puerta del vagon. Hacia mucho calor en el tren. De esa manera, los viajeros se constipaban al bajar, y el maquinista tenia un hermano que vendia panuelos.
Habia penado durante toda la jornada para conseguir una recoleccion miserable, pero el corazon lo traia henchido de satisfaccion, pues se disponia a matar a su patron. Finalmente consiguio separar las dos mitades de la puerta tirando hacia arriba y hacia abajo, y comprendio que el jefe de la gorra se la habia puesto de lado para gastarle una broma malintencionada. Feliz por haber desbaratado tan mala pasada, salto con ligereza sobre el anden y se hurgo en el bolsillo. Encontro sin esfuerzo el trozo de carton ondulado que iba a entregar a la salida y avanzo rapidamente hacia esta ultima, ocupada por un hombre con cara socarrona, en quien reconocio al empleado del dia anterior.
– Traigo un billete falso… -le dijo.
– ?Ah! -dijo el otro-. Dejeme ver…
Le alargo su billete y el hombre lo cogio. A continuacion lo examino con una atencion tan intensa, que su gorra se abrio para permitir que las orejas se metieran en el forro.
– Esta bien imitado -dijo el hombre.
– Salvo que no es de madera, sino de carton -dijo el ayudante.
– ?De veras? -dijo el hombre-. Juraria que es de madera. A no ser que no supiera que es de carton, claro esta.
– En cualquier caso -dijo el ayudante-, pensar que mi patron me lo ha dado como si fuera verdadero…
– Uno de los buenos no cuesta mas que doce francos -dijo el hombre-. Estos le salen mucho mas caros.
– ?Cuanto? -pregunto el ayudante.
– Le dare por el treinta francos -dijo el hombre, y se echo mano al bolsillo.
Por la soltura de tal gesto, el ayudante se dio cuenta de que debia tener malas costumbres. Pero el hombre saco solamente tres billetes de diez francos falsificados con cascara de nuez.
– Aqui tiene -anadio.
– ?Seran falsos, por supuesto? -pregunto el ayudante.
– No puedo darle dinero del bueno a cambio de un billete falso, comprendalo -dijo el empleado.
– Claro -dijo el ayudante-, pero me quedo con el billete.
Contrayendose, tomo un gran impulso, gracias al cual su delgado puno consiguio desnudar de su piel toda la parte derecha de la cara engorrada. El hombre se llevo la mano a la visera y cayo en posicion de saludo, lo que origino que se golpeara el codo contra el duro cemento del anden, embaldosado con hexagonos, y en aquel preciso lugar, azules y fosforescentes.
El ayudante salto por encima del cuerpo y siguio adelante. Se sentia impregnado por una vida caliente y limpida, y apreto el paso para trepar al repecho. Libero su red de la correhuela que la sujetaba, y se sirvio de ella para la escalada. De pasada, iba atrapando los chapiteles de los postes de hierro que sostenian la reja de proteccion a lo largo de la via construida en desmonte, y, tirando del mango, salvaba diestramente las cortantes piedras del sendero. Al cabo de algunos metros, la red, deshilachada, salio volando. Penso que pasaria el aro de alambre alrededor del cuello de su patron.
Muy pronto estuvo ante la verja, y la empujo sin precauciones. Esperaba recibir alguna descarga que vivificase aun mas su colera, pero no sintio nada y se detuvo. Delante de los escalones, algo se movia debilmente. Corrio a lo largo de la alameda. A pesar del frio, su piel empezaba a enrojecer, y notaba el olor olvidado de su cuerpo, del que emanaba cierto aroma a paja y a cucarachas.
Endurecio sus biceps filiformes, y sus dedos se crisparon sobre el mango de bambu. Su patron, sin duda alguna, habia matado a alguien.
Paro en seco, estupefacto, al reconocer el traje oscuro y el cuello reluciente de almidon. La cabeza de su patron no era ya mas que una masa negruzca, y sus piernas habian terminado de excavar dos profundos surcos rayados.
Una especie de desesperacion se apodero de el y comenzo a temblar con todos sus miembros, agitado por su colera y por su deseo de matanza. A continuacion, miro a su alrededor inquieto y trastornado. Habia preparado montones de cosas que decir. Y era preciso decirlas.
– ?Por que lo hiciste, marrano?
«Marrano» resono en el aire neutral con una sonoridad arcaica e insuficiente.
– ?Marrano! ?Cerdo! ?Cabron! ?Merdoso! ?Sucio cabron! ?Ladron! ?Crapula! ?Cabron!
Algunas lagrimas caian de sus ojos, pues el patron no respondia. Entonces agarro el mango de bambu y se lo clavo en mitad de la espalda.
– Responde, viejo imbecil. Me diste un billete falso…
Apreto con todas sus fuerzas, y el mango penetro en los tejidos ablandados por el veneno. Le dio vueltas para obligar a salir a los gusanos, maniobrando el otro extremo del mango como si se tratase del astil de un giroscopio.
