entro sin esperar respuesta.

El despacho tenia las mismas dimensiones que la cocina, pero aqui, en el lugar del fregadero, habia cuatro archivadores y, en el de la mesa de marmol, un gran escritorio de roble, detras del cual estaba sentado un hombre alto, de pelo negro, complexion mediana, camisa blanca y traje oscuro. Brunetti no tuvo necesidad de verlo de espaldas para reconocer en el al hombre que habia salido del banco el sabado por la tarde y al que luego habia visto en el vaporetto.

En el vaporetto estaba lejos y llevaba gafas oscuras, pero no cabia duda de que era el. Tenia la boca pequena, los ojos hundidos, las cejas muy pobladas y una nariz larga, de patricio, que atraia al centro de la cara la mirada del observador que, en un primer momento, no se fijaba en el cabello, muy espeso y rizado.

– Signor Ravanello, soy el comisario Guido Brunetti.

Ravanello se levanto y le tendio la mano.

– Ah, si, sin duda viene usted por este terrible asunto de Mascari. -Volviendose hacia el otro hombre, dijo-: Gracias, Aldo. -El empleado salio del despacho y cerro la puerta-. Por favor, sientese -le invito Ravanello, y rodeo la mesa para situar una de las dos sillas que habia al otro lado frente a la suya. Cuando Brunetti se hubo sentado, Ravanello volvio a ocupar su lugar-. Esto es terrible, es terrible. He hablado con la direccion del banco en Verona. Ninguno de nosotros tiene ni idea de lo que se puede hacer al respecto.

– ?Para reemplazar a Mascari? Porque el era el director de la sucursal, ?verdad?

– Si, en efecto. Pero no, la dificultad no esta en sustituirle. Esto ya esta decidido.

Ravanello hizo una pausa antes de decir cual era la causa de la preocupacion del banco, pero Brunetti aprovecho la interrupcion para preguntar:

– ?Quien va a sustituirle?

Ravanello levanto la mirada, sorprendido por la pregunta.

– Yo le sustituyo, ya que era su subdirector. Pero, como le digo, no es esto lo que preocupa al banco.

Que Brunetti supiera -y la experiencia no habia demostrado que estuviera equivocado-, lo unico que preocupaba a un banco era cuanto dinero ganaba o perdia. Con una sonrisa de curiosidad, pregunto:

– ?Y que es, signor Ravanello?

– El escandalo. Este espantoso escandalo. Usted debe de saber que una persona que ocupa un cargo de responsabilidad en un banco ha de ser prudente. La discrecion es imprescindible.

Brunetti sabia que si un empleado de banca era visto en una sala de juego o firmaba un cheque sin fondos podia ser despedido; pero no le parecia que esto fuera una servidumbre excesiva para una persona a quien la gente confiaba su dinero.

– ?A que escandalo se refiere?

– Siendo comisario de policia, debe de saber las circunstancias en las que fue hallado el cadaver de Leonardo.

Brunetti asintio.

– Por desgracia, eso ha pasado a ser de dominio publico, tanto aqui como en Verona. Hemos recibido numerosas llamadas de nuestros clientes, personas que habian tratado con Leonardo durante muchos anos. Tres de ellos han retirado sus fondos del banco. Dos tenian cuentas considerables, lo que supone una fuerte perdida para el banco. Y hoy es solo el primer dia.

– ?Cree que esas decisiones son consecuencia de las circunstancias en que fue hallado el cadaver del signor Mascari?

– Eso me parece obvio. Yo diria que no puede estar mas claro -dijo Ravanello, pero parecia mas preocupado que indignado.

– ?Cree que habra mas cancelaciones de cuentas por esta causa?

– Quiza. O quiza no. Estos casos representan perdidas reales que podemos atribuir directamente a la muerte de Leonardo. Pero nos preocupan mucho mas las perdidas potenciales.

– ?Por ejemplo?

– Las personas que opten por no trabajar con nosotros. Personas que, al enterarse de esto, decidan confiar su cuenta a otro banco.

Brunetti reflexiono y reparo una vez mas en que los banqueros siempre evitaban utilizar la palabra «dinero», y penso en la amplia variedad de palabras que habian inventado para sustituir esa voz mas vulgar: fondos, inversiones, liquido, activo. Por regla general, los eufemismos se utilizaban para cosas mas elementales, como la muerte y las funciones corporales. ?Significaba esto que habia algo intrinsecamente sordido en el dinero y que el lenguaje de los banqueros trataba de enmascarar o negar su inmundicia? Volvio a mirar a Ravanello.

– ?Tiene idea de la cantidad que eso pueda suponer?

– No -dijo Ravanello, moviendo la cabeza, como si hablaran de la muerte o de una grave enfermedad-. Imposible calcularlo.

– Y lo que llama usted perdidas reales, ?a cuanto ascienden?

La expresion de Ravanello reflejo ahora cautela.

– ?Podria decirme para que necesita esa informacion, comisario?

– No es que yo necesite esa informacion en concreto, signor Ravanello. Aun nos encontramos en la fase inicial de esta investigacion y deseo reunir la mayor cantidad de informacion posible, del mayor numero de fuentes posible. No estoy seguro de que informacion resultara importante, y eso no podremos determinarlo hasta que sepamos todo lo que haya que saber acerca del signor Mascari.

– Comprendo -dijo Ravanello. Extendio el brazo y se acerco una carpeta-. Tengo aqui esas cifras, comisario. Precisamente estaba estudiandolas. -Abrio la carpeta y recorrio con el dedo una columna de nombres y numeros extraida de un ordenador-. La cuantia de las dos cuentas principales rescindidas; la tercera es insignificante, es de unos ocho mil millones de liras.

– Y eso, ?porque estaba vestido de mujer? -dijo Brunetti, exagerando intencionadamente su reaccion.

Ravanello apenas pudo disimular el desagrado que le producia esta frivolidad.

– No, comisario, no es porque estuviera vestido de mujer. Es porque esa conducta sugiere una gran irresponsabilidad, y nuestros inversores, quiza justificadamente, temen que esa irresponsabilidad marcara tanto su vida privada como su actividad profesional.

– ?Y los clientes retiran sus fondos porque temen que haya arruinado al banco para comprarse medias y ropa interior de encaje?

– No veo la necesidad de bromear sobre eso, comisario -dijo Ravanello con una voz que debia de haber puesto de rodillas a innumerables acreedores.

– Solo trato de sugerir que me parece una reaccion exagerada frente a la muerte de ese hombre.

– Es muy comprometedora.

– ?Para quien?

– Para el banco, por supuesto. Pero mucho mas para el propio Leonardo.

– Signor Ravanello, por muy comprometedora que parezca la muerte del signor Mascari, aun no tenemos constancia de las circunstancias en que se produjo.

– ?Es que no se le encontro vestido de mujer?

– Signor Ravanello, si yo le visto a usted de mono, ello no significa que sea usted un mono.

– ?Que quiere decir con eso? -pregunto Ravanello, ya sin disimular la irritacion.

– Quiero decir lo que he dicho, ni mas ni menos: el que el signor Mascari estuviera vestido de mujer en el momento de su muerte no significa necesariamente que fuera un travesti En realidad, no significa que hubiera en su vida ni la menor irregularidad.

– Eso no puedo creerlo -dijo Ravanello.

– Por lo visto, sus inversores tampoco.

– No puedo creerlo por otras razones, comisario -dijo Ravanello, que miro la carpeta, la cerro y la aparto a un lado de la mesa.

– ?Si?

– Es dificil hablar de esto -dijo el hombre, como si hablara con la carpeta, que ahora traslado al otro lado del

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