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Ya que estaba cerca de Rialto, hubiera podido ir a comer a casa, pero no queria cocinar ni arriesgarse con el resto de la insalata di calamari que, al cuarto dia, ya no le ofrecia garantias. De modo que bajo hasta Corte dei Milion y almorzo satisfactoriamente en la pequena trattoria que parece acurrucarse en un rincon del pequeno campo.

A eso de las tres, regreso a su despacho, y penso que seria preferible bajar a hablar con Patta a esperar a que este lo llamara. En el pequeno antedespacho encontro a la signorina Elettra al lado de la mesita auxiliar, echando agua de una botella de plastico en un gran jarro de cristal que contenia seis altos lirios de agua blancos, aunque no tanto como la blusa de algodon que ella llevaba con la falda de su traje chaqueta color purpura. Al ver a Brunetti, sonrio y dijo:

– Es asombrosa la cantidad de agua que llegan a beber.

Brunetti, que no encontro nada que responder a esto, se contento con devolverle la sonrisa y preguntar:

– ?Esta?

– Si. Acaba de volver de almorzar. Tiene una visita a las cuatro y media, por lo que, si tiene que hablar con el, mas vale que entre ahora.

– ?Sabe de que visita se trata?

– Comisario, ?pretende que le haga una confidencia sobre la vida privada del vicequestore?. -pregunto ella, en tono escandalizado, y prosiguio-: No me considero autorizada a revelar que la visita que espera es la de su abogado particular.

– Ah, ?si? -dijo Brunetti, observando que los zapatos tenian el mismo tono purpura que la falda. Hacia menos de una semana que ella trabajaba para Patta-. Entonces entrare ahora. -Se hizo un poco hacia un lado, llamo a la puerta de Patta con los nudillos, espero el «Avanti» que respondia a su llamada y entro.

Puesto que aquel hombre estaba sentado al escritorio del despacho de Patta, tenia que ser el vicequestore Giuseppe Patta, pero se le parecia tanto como un retrato robot a la persona que pretende representar. Habitualmente, a estas alturas del verano, Patta tenia la piel de un color caoba claro, y ahora estaba descolorido, una palidez extrana se le habia comido el bronceado. La robusta mandibula, que Brunetti no podia mirar sin recordar las fotos de Mussolini que habia visto en los libros de historia, habia perdido pugnacidad, como si se hubiera ablandado y en cuestion de dias fuera a quedar completamente flacida. El nudo de la corbata estaba bien hecho, pero el cuello de la chaqueta necesitaba un cepillado. Habia desaparecido el alfiler de la corbata, lo mismo que la flor de la solapa, lo que daba la extrana impresion de que el vicequestore habia venido al despacho a medio vestir.

– Ah, Brunetti -dijo al ver entrar a su subordinado-. Sientese. Sientese, por favor.

En los cinco anos largos que Brunetti llevaba trabajando para Patta, esta era la primera vez que oia al vicequestore utilizar la formula de «por favor» como no fuera para reforzar un imperativo, apretando los dientes.

Brunetti obedecio y aguardo nuevos prodigios.

– Queria darle las gracias por su gestion -empezo diciendo Patta, mirando a Brunetti durante un segundo y desviando la mirada, como si siguiera el vuelo de un pajaro que cruzara el despacho por detras de Brunetti.

Como no estaba Paola, no habia en casa ningun ejemplar de Gente ni Oggi, por lo que Brunetti no podia estar seguro de que no se hubieran publicado mas chismes acerca de la signora Patta y Tito Burrasca, pero supuso que esta era la causa de la gratitud de Patta. Si Patta queria atribuirlo a las supuestas relaciones de Brunetti con el mundo de la prensa antes que a la relativa intrascendencia de la conducta de su esposa, no seria Brunetti quien le desenganara.

– No hay de que darlas, senor -dijo con total veracidad.

Patta movio la cabeza de arriba abajo.

– ?Y que hay de ese asunto de Mestre?

Brunetti le hizo un breve resumen de lo averiguado hasta el momento, que termino con el informe de su visita a Ravanello de aquella manana y la manifestacion de este de que conocia las inclinaciones y los gustos de Mascari.

– Entonces parece claro que el asesino tiene que ser uno de sus, digamos, «amiguitos» -dijo Patta, demostrando su infalible instinto por la obviedad.

– Eso, suponiendo que los hombres de nuestra edad puedan resultar sexualmente atractivos para otros hombres.

– No se a que se refiere, comisario -dijo Patta, recuperando un tono con el que Brunetti estaba mas familiarizado.

– Todos suponemos que Mascari era un travesti o un chapero y que lo mataron por eso. Sin embargo, las unicas pruebas que tenemos son la circunstancia de que estaba vestido de mujer y las palabras del hombre que ha ocupado su puesto.

– Un hombre que es director de banco, Brunetti -dijo Patta con su habitual deferencia hacia tales titulos.

– Cargo que ha de agradecer a la desaparicion del otro.

– Los altos empleados de banca no se matan entre si, Brunetti -dijo Patta con la aplastante seguridad que lo caracterizaba.

Brunetti advirtio el peligro cuando ya era tarde. Si Patta descubria las ventajas de atribuir la muerte de Mascari a un violento episodio de su turbulenta vida privada, se sentiria justificado para dejar que fuera la policia de Mestre la que buscara al responsable y retirar a Brunetti del caso.

– Sin duda tiene usted razon, senor -concedio Brunetti-, pero no creo que podamos arriesgarnos a dar a la prensa la impresion de que no hemos explorado a fondo todas y cada una de las posibilidades.

Patta reacciono a esta alusion a los medios de comunicacion como el toro a un buen capotazo.

– ?Que sugiere entonces?

– Creo que, por supuesto, deberiamos concentrarnos en examinar el mundo de los travestis de Mestre, pero me parece que por lo menos hay que dar la impresion de que se investiga la posible implicacion del banco en los hechos, por remota que usted y yo la consideremos.

Casi con regia dignidad, Patta dijo:

– No imagine que no lo comprendo, comisario. Si quiere investigar la hipotetica relacion entre la muerte de ese hombre y el banco, no sere yo quien se lo impida, pero recuerde usted con quien esta tratando y dispenseles el respeto que su posicion merece.

– Por supuesto.

– Entonces adelante, pero no haga nada sin antes consultarme.

– Si, senor. ?Desea algo mas?

– Nada mas.

Brunetti se levanto, acerco la silla al escritorio y salio del despacho sin otra palabra. La signorina Elettra estaba hojeando una carpeta.

– Signorina, ?ha conseguido ya esos informes financieros?

– ?Sobre cual de los dos? -pregunto ella con una sonrisita.

– ?Eh? -hizo Brunetti, desconcertado.

– ?El avvocato Santomauro o el signor Burrasca? -Brunetti estaba tan absorto en el caso de la muerte de Mascari que habia olvidado que se habia encargado a la signorina Elettra que tambien buscara informacion sobre el director de cine.

– Ah, lo habia olvidado -reconocio Brunetti. El que ella hubiera mencionado a Burrasca indicaba que queria hablar de el-. ?Que ha encontrado sobre el?

La mujer dejo la carpeta a un lado de la mesa y miro a Brunetti como si su pregunta la sorprendiera.

– Que su apartamento de Milan esta en venta, que con sus tres ultimas peliculas ha perdido dinero y que los acreedores se han quedado con su casa de Monaco. -Sonrio-. ?Desea algo mas?

Brunetti asintio. ?Como diantre lo habia conseguido?

– Se han presentado cargos criminales contra el en Estados Unidos, donde es ilegal utilizar a ninos en peliculas pornograficas. Y todas las copias de su ultima pelicula han sido confiscadas por la policia de Monaco,

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