aunque no he podido descubrir por que.

– ?Y los impuestos? ?Son copias de sus declaraciones lo que estaba mirando?

– Oh, no -respondio ella en tono de reprobacion-. Ya sabe lo dificil que es conseguir informacion de la oficina de Impuestos. -Hizo una pausa y agrego, como el esperaba-: A no ser que conozcas a alguien. No la tendre hasta manana.

– ?Y entonces la pasara al vicequestore?

La signorina Elettra le obsequio con una mirada severa.

– No, comisario; esperare por lo menos varios dias antes de darsela.

– ?Habla en serio?

– Yo, cuando se trata del vicequestore, no bromeo.

– Pero, ?por que hacerle esperar?

– ?Y por que no?

A Brunetti le hubiera gustado saber que cumulo de pequenas ruindades habia descargado Patta sobre la cabeza de esta mujer durante una semana, para hacerse acreedor a semejante represalia.

– ?Y de Santomauro, que ha encontrado?

– Ah, el del avvocato es un caso totalmente distinto. Sus finanzas no podrian estar mejor. Tiene una cartera de acciones y bonos por valor de mas de quinientos millones de liras, que es por lo menos el doble de lo que normalmente declararia un hombre de su posicion.

– ?Y los impuestos?

– Eso es lo mas extrano. Parece que lo declara todo. No hay pruebas de fraude.

– Da la impresion de que usted no lo cree.

– Por favor, comisario -dijo ella con otra mirada de reproche, aunque esta no tan severa como la anterior-. No creera que alguien pone la verdad en su declaracion de la renta. Y esto es lo curioso. Si declara todo lo que gana, a la fuerza ha de tener otra fuente de ingresos frente a la cual sus ganancias oficiales sean tan insignificantes que hacen que no merezca la pena defraudar.

Brunetti reflexiono. Con las leyes tributarias existentes, no cabia otra explicacion.

– ?Su ordenador le da algun indicio de la procedencia de ese dinero?

– No; pero me dice que es presidente de la Lega della Moralita. Por lo tanto, lo logico es buscar ahi.

– ?Podrian ustedes -empezo a decir hablando en plural y senalando a la pantalla con el menton- indagar en la Liga?

– En eso estaba, comisario. Pero hasta el momento la liga se muestra tan escurridiza como las declaraciones del signor Burrasca.

– Estoy seguro de que conseguira usted solventar todas las dificultades, signorina.

Ella inclino la cabeza, aceptando el cumplido como justo.

El decidio preguntar:

– ?Como es que se mueve con tanta seguridad por la red informatica?

– ?Cual de ellas? -pregunto ella levantando la mirada.

– La financiera.

– Es que la utilizaba en mi anterior empleo -dijo ella, volviendo a fijar la atencion en la pantalla.

– ?Y donde era eso, si me permite la pregunta? -dijo el, pensando en una agencia de seguros o, quiza, el despacho de un contable.

– En la Banca d'Italia -respondio ella dirigiendose tanto a la pantalla como a Brunetti.

El alzo las cejas. Ella levanto la mirada y, al ver su expresion, explico:

– Era secretaria del presidente.

No habia que ser empleado del sector para calcular la perdida salarial que el cambio suponia. Por otra parte, para la mayoria de los italianos, un empleo en un banco representaba la seguridad absoluta: la gente pasaba anos esperando ser admitida en un banco cualquiera, y no digamos en la Banca d'Italia, indiscutiblemente la mejor de estas instituciones. ?Y habia dejado ese empleo por un trabajo de secretaria en la policia? Incomprensible, incluso con flores de Fantin dos veces a la semana. Ademas, no trabajaba simplemente para la policia, sino para Patta. Parecia un solemne disparate.

– Comprendo -dijo el, aunque no era asi-. Espero que se sienta a gusto entre nosotros.

– Estoy segura de ello, comisario -dijo la signorina Elettra-. ?Desea alguna otra informacion?

– De momento, no, gracias -dijo Brunetti, y la dejo para volver a su despacho.

Por la linea directa marco el numero del hotel de Bolzano y pidio por la signora Brunetti. La signora Brunetti, le dijeron, habia salido a dar un paseo y no regresaria hasta la hora de cenar. No dejo mensaje, solo se identifico y colgo.

El telefono sono casi inmediatamente. Era Padovani, que le llamaba desde Roma, excusandose por no haber podido averiguar nada nuevo acerca de Santomauro. Habia llamado a varias personas, tanto en Roma como en Venecia, pero todas estaban fuera, de vacaciones, y solo habia podido dejar una serie de mensajes en contestadores, rogando a sus amigos que le llamasen, pero sin explicar por que deseaba hablar con ellos. Brunetti le dio las gracias y le pidio que le llamara si descubria algo nuevo.

Despues de colgar, Brunetti revolvio entre los papeles que tenia encima de la mesa hasta encontrar el que buscaba: el informe de la autopsia de Mascari, y volvio a leerlo atentamente. En la pagina cuatro estaba lo que le interesaba. «Pequenos aranazos y cortes en las piernas, sin efusion de sangre. Aranazos producidos sin duda por las afiladas hojas de la…» Aqui el forense, alardeando de sus conocimientos de botanica, daba el nombre latino de la hierba entre la que se hallaba escondido el cadaver de Mascari.

Los muertos no sangran; no hay presion que haga brotar la sangre. Este era uno de los principios de medicina forense que habia aprendido Brunetti. Si los aranazos habian sido causados por la -repitio en voz alta las sonoras silabas del nombre latino-, no habrian sangrado, porque Mascari estaba muerto cuando su cuerpo fue aranado por esas hojas. Pero los cortes tampoco hubieran sangrado, si le habian afeitado las piernas despues de muerto.

Brunetti nunca se habia afeitado nada mas que la cara, pero durante muchos anos habia visto a Paola pasarse la maquinilla por las pantorrillas, los tobillos y las rodillas, y habia perdido la cuenta de las veces que la habia oido renegar en voz baja en el cuarto de bano y visto salir con un trocito de papel higienico pegado a la piel. Paola se habia afeitado las piernas periodicamente desde que el la conocia, y aun se cortaba. No parecia probable que Mascari se hubiera afeitado las piernas sin que su esposa lo notara, aunque no la llamara por telefono cuando estaba de viaje.

Volvio a mirar el informe de la autopsia: «No se observan indicios de que los cortes de las piernas hayan sangrado.» No; a pesar del vestido rojo y los zapatos rojos, a pesar del maquillaje y de la ropa interior, el signor Mascari no se habia afeitado las piernas. Y eso significaba que tenia que haberselas afeitado otra persona, una vez muerto.

19

Brunetti estaba sentado ante la mesa de su despacho, con la esperanza de que, al atardecer, se levantara un poco de aire que mitigara el calor, pero su esperanza resulto tan vana como sus esfuerzos por descubrir una relacion entre los incoherentes datos que habia conseguido reunir. Le parecia evidente que lo del travestismo era un montaje post mortem que tenia por objeto desviar la atencion del verdadero movil del asesinato de Mascari. Esto queria decir que Ravanello, la unica persona que habia oido la «confesion» de Mascari, mentia y, probablemente, sabia algo del asesinato. Pero, si bien a Brunetti no le costaba ningun trabajo creer que los altos empleados de banca pueden matar, no llegaba a convencerse de que utilizaran este procedimiento para acelerar su ascenso.

Ravanello no solo no habia tenido inconveniente en reconocer que aquel fin de semana habia estado en la oficina sino que, en realidad, lo habia manifestado espontaneamente. Y, una vez identificado Mascari, su reaccion parecia logica, era lo que haria un buen amigo. Y lo que haria tambien un buen empleado.

Sin embargo, ?por que no se habia identificado por telefono el sabado? ?Por que ocultar, ni que fuera a un

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