en la casa podian dormirse, pero alli quiza la curiosidad de los duenos contribuyera a mantenerlos despiertos.

– ?Y los otros? ?Cree que podra conseguir voluntarios?

– No habra dificultades -le aseguro Vianello-. Gallo no tendra inconveniente, y tambien hablare con Maria Nardi. Quiza ella quiera venir. Su marido estara en Milan una semana, haciendo un cursillo. Ademas, son horas extras, ?verdad?

Brunetti asintio y dijo:

– Pero digales que puede haber peligro.

– ?Peligro? ?En Mestre? -rio Vianello descartando la idea, y anadio-: ?Quiere llevar radio?

– No creo que haga falta, si puedo contar con ustedes cuatro.

– Por lo menos, con dos -puntualizo Vianello, ahorrandole la violencia de tener que hablar mal de sus subalternos.

– Si vamos a tener que estar de pie toda la noche, vale mas que ahora nos vayamos un rato a casa -dijo Brunetti mirando el reloj.

– Hasta la noche, comisario -dijo Vianello poniendose de pie.

Como habia dicho Vianello, a la hora en que Brunetti tenia que estar en la estacion de Mestre no circulaban trenes, por lo que el comisario tuvo que tomar el autobus de la linea 1. Cuando el vehiculo se detuvo en la parada situada frente a la estacion, el fue el unico pasajero que se apeo.

Subio la escalinata de la estacion, luego bajo al paso subterraneo para cruzar las vias y salio a una calle tranquila, bordeada de arboles. A su espalda quedaba el aparcamiento, bien iluminado y lleno de los coches que alli pasaban la noche. En la calle que tenia delante habia coches aparcados a uno y otro lado, a la luz difusa de las escasas farolas que se filtraba a traves de los arboles. Brunetti permanecio en el lado derecho de la calle, en el que habia menos arboles y mas luz. Fue hasta la primera bocacalle, se paro y miro a derecha e izquierda. Unos cuatro coches mas abajo, al otro lado de la calle, vio una pareja que se abrazaba con ansia, pero la cabeza de la mujer le tapaba la cara del hombre, y no hubiera podido decir si era Vianello o algun otro padre de familia que hurtaba una hora a sus obligaciones.

Brunetti miro calle abajo, examinando las casas de uno y otro lado. A media manzana, por la ventana de una planta baja, se filtraba el leve resplandor grisaceo de un televisor. Todas las demas estaban oscuras. Riverre y Alvise estarian en dos de estas ventanas, pero no deseaba mirar en direccion a ellos; temia que pudieran tomarlo como una senal y salir corriendo en su ayuda.

Torcio por la primera bocacalle, buscando en el lado derecho un Panda azul claro. Fue hasta el final de la calle, sin ver ningun coche que se ajustara a esta descripcion, dio media vuelta y retrocedio. Nada. Observo que en la esquina habia un gran contenedor de desperdicios, y cruzo al otro lado, pensando una vez mas en las fotografias de los restos del coche del juez Falcone. Un coche entro en la calle desde la rotonda, aminoro la marcha, yendo hacia Brunetti, que retrocedio buscando la proteccion de los coches aparcados, pero el recien llegado paso y entro en el aparcamiento. El conductor salio, cerro la puerta y desaparecio por el tunel de la estacion.

Diez minutos despues, Brunetti volvio a bajar por la misma calle. Ahora miraba al interior de cada coche. En uno habia una manta en el suelo entre los asientos y, sintiendo el calor que hacia al aire libre, compadecio a quienquiera que estuviera debajo.

Al cabo de media hora, Brunetti comprendio que Crespo no se presentaria. Volvio a la calle transversal, giro a la izquierda y bajo hasta el coche en el que seguia arrullandose la pareja. Brunetti dio unos golpecitos con los nudillos en el capo y Vianello solto a la sofocada agente Maria Nardi y bajo del coche.

– Nada -dijo Brunetti mirando su reloj-. Son casi las dos.

– Que se le va a hacer -suspiro Vianello-. Regresemos. -Se agacho para decir a la mujer-: Llame a Riverre y Alvise. Nos volvemos. Que nos sigan.

– ?Y el que esta en el coche? -pregunto Brunetti.

– Ha venido con Riverre y Alvise. Se iran juntos.

Dentro del coche, la agente Nardi decia por radio a los otros dos agentes que nadie habia acudido a la cita y que regresaban todos a Venecia. Miro a Vianello:

– Ya esta, sargento. Ahora salen.

Dicho esto, la mujer salio del coche y abrio la puerta trasera.

– No; quedese ahi -dijo Brunetti-. Yo ire detras.

– No importa, comisario -dijo ella con una sonrisa timida, y agrego-: Ademas, me gustaria alejarme un poco del sargento.

Subio al coche y cerro la puerta.

Brunetti y Vianello se miraron por encima del coche. Vianello esbozo una sonrisa timida. Entraron en el coche. Vianello hizo girar la llave del contacto. El motor arranco y se oyo un agudo zumbido.

– ?Que es eso? -pregunto Brunetti. Para el, como para la mayoria de venecianos, los coches eran objetos extranos.

– El cinturon de seguridad -dijo Vianello tirando de la cinta y abrochandola al lado de la palanca del cambio.

Brunetti no hizo nada. Seguia oyendose el zumbido.

– ?No puede parar eso, Vianello?

– Se parara solo, en cuanto usted se ponga el cinturon.

Brunetti rezongo entre dientes que no le gustaba que una maquina le dijera lo que tenia que hacer, pero se abrocho el cinturon, y luego murmuro que estaba seguro de que esto debia de ser otra de las chorradas ecologicas de Vianello. Haciendo como si no le oyera, el sargento metio la primera y aparto el coche del bordillo. Al llegar al extremo de la calle esperaron unos minutos hasta que el otro coche se unio a ellos. El agente Riverre iba sentado al volante, Alvise, a su lado y, al volverse a hacerles una sena, Brunetti vio otro bulto detras, con la cabeza apoyada en el respaldo.

A esa hora apenas circulaban coches, y no tardaron en llegar a la carretera que conducia a Ponte della Liberta.

– ?Que cree que ha podido ocurrir? -pregunto Vianello.

– Crei que era una encerrona o que alguien pretendia intimidarme, pero quiza me equivocaba y Crespo realmente queria verme.

– ?Y ahora que hara?

– Manana ire a verlo, para enterarme de por que no se ha presentado.

Entraron en el puente. Al frente se veian las luces de la ciudad y a cada lado se extendia un agua negra y lisa, moteada a la izquierda por puntos luminosos de las lejanas islas de Murano y Burano. Vianello acelero, deseoso de llegar al garaje y, luego, a casa. Todos estaban cansados y defraudados. El segundo coche, que les seguia de cerca, se desvio de pronto al carril central y Riverre acelero y los adelanto. Alvise asomo la cabeza por la ventanilla y saludo con la mano alegremente.

Al verlos, la agente Nardi se inclino hacia adelante y puso la mano en el hombro de Vianello.

– Sargento -dijo y se interrumpio levantando la mirada hacia el retrovisor en el que de pronto habian aparecido unos faros deslumbrantes. La agente Nardi le clavo los dedos en el hombro y solo pudo decir-: «?Cuidado!» -antes de que el coche que les seguia se desviara al carril central, se situara a su lado y golpeara deliberadamente el guardabarros delantero izquierdo de su coche. La fuerza del impacto los lanzo hacia la derecha haciendoles chocar contra la barandilla del puente.

Vianello hizo girar el volante hacia la izquierda, pero su reaccion fue lenta, las ruedas traseras derraparon y el coche se desplazo al carril central. Otro coche que venia detras a toda velocidad hizo un quiebro y paso por el espacio que quedaba a la derecha, entre ellos y la barandilla. Entonces chocaron con la barandilla de la izquierda y el coche giro sobre si mismo y quedo en el carril central, de cara a Mestre.

Atontado, sin saber si le dolia algo, Brunetti miro a traves del destrozado parabrisas y solo vio la refraccion de potentes faros que se acercaban y pasaban a su derecha, primero un par y luego otro. Se volvio hacia su izquierda y vio a Vianello inclinado hacia adelante, con el cuerpo sujeto por el cinturon. Brunetti solto el suyo, se volvio y agarro del hombro a Vianello.

– Lorenzo, ?esta bien?

El sargento abrio los ojos y miro a Brunetti.

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