desconocido, que el estaba en el banco aquella tarde?

Sono el telefono y, todavia absorto en estos pensamientos y embotado por el calor, dio su nombre:

– Brunetti.

– Tengo que hablar con usted -dijo una voz masculina-. Personalmente.

– ?Quien es? -pregunto Brunetti con calma.

– Prefiero no decirlo -respondio la voz.

– En tal caso, yo prefiero no hablar -dijo Brunetti, y colgo.

Esta reaccion solia desconcertar a la gente de tal modo que invariablemente no podian resistir el impulso de volver a llamar. A los pocos minutos, el telefono volvio a sonar y Brunetti contesto lo mismo que antes.

– Es muy importante -dijo la voz.

– Tambien lo es para mi saber con quien hablo -respondio Brunetti con indiferencia.

– Hablamos la semana pasada.

– La semana pasada hable con mucha gente, signor Crespo, pero son muy pocas las personas que me han llamado para decirme que quieren verme.

Crespo tardo en responder, y cuando Brunetti ya empezaba a temer que ahora fuera el otro el que colgara, el joven dijo:

– Quiero verle y hablar con usted.

– Ya estamos hablando, signor Crespo.

– No; quiero darle algo, fotos y papeles.

– ?Que clase de papeles y de fotos?

– Lo sabra cuando los vea.

– ?De que se trata, signor Crespo?

– De Mascari. La policia esta equivocada respecto a el.

Brunetti opinaba lo mismo que Crespo, pero decidio reservarse esta opinion.

– ?En que estamos equivocados?

– Se lo dire cuando nos veamos.

Brunetti le noto en la voz que estaba perdiendo el valor o el impulso que le habia hecho llamarle.

– ?Donde quiere que nos veamos?

– ?Conoce Mestre?

– Bastante bien.

Ademas, siempre podria preguntar a Gallo o a Vianello.

– ?Conoce el aparcamiento que hay a la entrada del tunel que va a la estacion?

Era uno de los pocos sitios proximos a Venecia en los que aun se podia aparcar gratis. Dejabas el coche en el aparcamiento o en la calle arbolada que conducia al tunel, cruzabas este y salias al anden de los trenes de Venecia. Diez minutos de tren y te ahorrabas tener que hacer cola y pagar en Tronchetto.

– Lo conozco.

– Lo espero alli esta noche.

– ?A que hora?

– Tarde. Antes tengo cosas que hacer, y no se cuando terminare.

– ?A que hora?

– Estare alli a la una de la madrugada.

– ?Estara donde?

– Al salir del tunel, la primera calle a la derecha. Estare aparcado a la derecha, en un Panda azul claro.

– ?Por que me ha preguntado si conocia el aparcamiento?

– Por nada. Solo queria saber si conocia el sitio. No quiero esperar en el aparcamiento. Demasiada luz.

– De acuerdo, signor Crespo, alli nos veremos.

– Bien -dijo Crespo, y colgo sin dar tiempo a Brunetti a decir mas.

Vaya, se preguntaba Brunetti, ?quien habria inducido al signor Crespo a hacer esta llamada? Ni por un momento penso que Crespo le hubiera llamado espontaneamente; de una persona como Crespo nunca partiria semejante iniciativa. Pero ello no mermaba su curiosidad por averiguar a que obedecia la llamada. Lo mas probable era que alguien quisiera hacerle llegar una amenaza, o quiza algo mas fuerte, y para ello, ?que mejor medio que atraerlo a una calle apartada a la una de la madrugada?

Llamo a la questura de Mestre y pregunto por el sargento Gallo, y le dijeron que el sargento habia sido enviado a Milan, donde permaneceria varios dias, para declarar en un juicio. ?Deseaba hablar con el sargento Buffo, que sustituia al sargento Gallo? Brunetti dijo que no y colgo.

Llamo a Vianello a su despacho. Cuando entro el sargento, Brunetti le pidio que se sentara y le informo de la llamada de Crespo y de la suya a Gallo.

– ?Usted que opina? -pregunto Brunetti.

– Yo diria que, en fin, alguien quiere sacarlo de Venecia y atraerlo a un lugar en el que no este bien protegido. Y, si ha de tener proteccion, tendran que darsela nuestros hombres.

– ?Que medios cree que utilizarian?

– Alguien que dispare desde un coche estacionado. Pero se imaginaran que tendremos alli a nuestra gente. Tambien podrian utilizar un coche o una moto en marcha, para atropellado o dispararle.

– ?Y una bomba? -pregunto Brunetti con un involuntario escalofrio, al pensar en los destrozos que producian las bombas utilizadas contra politicos y jueces.

– No; no creo que sea usted lo bastante importante -dijo Vianello.

Triste consuelo, pero consuelo al fin.

– Gracias. Supongo que lo intentaran desde algun coche o moto en marcha.

– ?Y que dispone usted, comisario?

– Quiero agentes, por lo menos, en dos casas, uno a cada extremo de la calle. Y alguien en la parte trasera de un coche, entre los asientos, pero tendria que ser un voluntario. Un coche cerrado, con este calor, sera un infierno. Tres personas en total. No creo poder asignar a nadie mas.

– Yo no quepo entre los asientos de un coche, y no me seduce quedarme quieto en una casa, vigilando. Lo que me gustaria es aparcar a la vuelta de la esquina, si consigo convencer a una de las agentes para que me haga compania y nos arrullemos un rato.

– Quiza la signorina Elettra se ofrezca voluntaria -rio Brunetti.

La voz de Vianello tenia una sequedad insolita al decir:

– No bromeo, comisario. Conozco esa calle; mi tia de Treviso siempre deja el coche alli cuando viene a vernos, y al regreso yo la acompano. He visto alli a muchas parejas en coches, por lo que una mas no llamara la atencion.

Brunetti fue a preguntar que pensaria Nadia de esto, pero reflexiono y opto por callar.

– De acuerdo, pero tiene que ser una voluntaria. No me gusta hacer intervenir a una mujer en una mision peligrosa. -Antes de que Vianello pudiera hacer alguna objecion, Brunetti agrego-: Aunque sea agente de policia.

?Habia mirado al techo Vianello al oirlo? A Brunetti le parecia que si, pero no hizo ningun comentario.

– ?Algo mas, sargento?

– ?Le ha dicho que este alli a la una?

– Si.

– No hay trenes a esa hora. Tendra que ir en autobus y cruzar la estacion y el tunel a pie.

– ?Y como regreso a Venecia?

– Eso depende de lo que ocurra, supongo.

– Si, naturalmente.

– Vere si encuentro a alguien que quiera meterse entre los asientos del coche -dijo Vianello.

– ?Quienes tienen el turno de noche esta semana?

– Riverre y Alvise.

– Ah -hizo Brunetti tan solo, pero la exclamacion no podia ser mas elocuente.

– Son los que estan en la lista.

– Pues vale mas que los situe en las casas. -Ninguno de los dos queria decir que, si los ponian en la parte trasera de un coche, era probable que tanto Riverre como Alvise se quedaran dormidos. Naturalmente, tambien

Вы читаете Vestido para la muerte
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату