del esqueleto. La ingresaron inmediatamente en el Hospital Central, donde recibio un tratamiento por shock. La ansiedad y el dolor la hicieron trizas, sentia los dientes y las garras hasta la medula. Y gritaba. Gritaba como habia gritado Theo. Le administraron fuertes tranquilizantes para que se durmiera. Cuando desperto, seguia gritando.

Los restos de Theo Bosch fueron metidos en una bolsa engomada que llevaron al Instituto Forense. A los padres se les recomendo encarecidamente no ver a su hijo. Al principio Hannes insistio, pero luego se retracto, colorado de verguenza.

Fue por mi culpa, penso. Fue por mi culpa, y soy un cobarde. Cuando Sejer y Skarre fueron a verlo, estaba sentado en un sillon con Optimus Prime sobre las rodillas. Intentaba convertir al robot en un coche, como hacia siempre Theo con la mayor naturalidad y unos simples trucos. Pero no lo conseguia. Llevaba alli sentado mucho tiempo. Varias veces habia oido un pequeno chasquido en la entrada, y pensaba que era Theo que volvia, que se habia encontrado con papa Pim al otro lado y que este le habia ordenado volver al mundo. Porque mama Wilma lo necesitaba. Y porque los ninos debian mantenerse en la tierra el mayor tiempo posible. Una y otra vez oyo el pequeno chasquido. Pero ningun Theo entraba en la habitacion. Estoy perdiendo el juicio, penso, como le ha ocurrido a Wilma. Luego volvio en si, y recordo que la policia estaba alli esperando.

– No puedo quedarme en el hospital -murmuro-. Ella no para de gritar. Y no quiere verme.

– Necesitamos una relacion de la gente de este lugar que tiene perros -dijo Sejer-. ?Podria usted facilitarme algunos nombres?

Hannes se quedo pensando. Parecia un infeliz nino gigante, sentado con el robot sobre las rodillas. Formular frases con los pensamientos le costaba un gran esfuerzo.

– Aqui en el campo todos tienen perros -dijo-. Hay bastantes dalmatas. Y un pastor aleman. Y dos abajo, donde esta la parada del autobus. Mas alla hay dos perros labrador. Son muy grandes. Y hay un tio un poco mas lejos que tiene dos boyeros australianos.

– Suponemos que se trata de una jauria -dijo Sejer-. Las lesiones indican que fueron varios.

Hannes reflexiono un buen rato.

– Huuse -dijo por fin-. Y Schillinger. Huuse tiene huskys. Cuatro o cinco. Vive cerca del lago Svarttjern. Pero creo que esta fuera. Y ese Schillinger tiene otra raza. Perros esquimales americanos. Hay gente que dice que esos perros no estan permitidos aqui en Noruega, asi que ha habido algo de discusion con los vecinos.

De nuevo se puso a torcer y a tirar de los brazos del robot. Pero era como si el robot no quisiera obedecerle como habia obedecido a Theo.

– ?No estan permitidos? -pregunto Sejer-. ?Por su caracter?

– No lo se. Pero alguien lo dijo.

Skarre tomaba notas en una libreta.

– ?Schillinger?

– Bjorn Schillinger. Vive arriba, en la cuesta de Saga. En la casa roja.

– Pero si tiene varios perros, tienen que estar en una perrera, ?no?

– Lo estan -contesto Hannes, cansado-. A veces los oimos chillar por las tardes. A las siete y media. Que es cuando les da de comer. Entonces suenan como lobos. Y lo seran, supongo.

Callo durante un buen rato. No dejo un solo instante de manosear a Optimus Prime. Le resultaba dificil, porque estaba a punto de derrumbarse.

– Hablen con Huuse -dijo-. Y tambien con Bjorn Schillinger.

Dejo el robot, y poso la mirada en Sejer.

– El responsable de esto se va a pudrir en la carcel. Y los perros recibiran una bala entre los ojos.

Estuvieron una hora con Hannes.

A Sejer no le gustaba que el hombre se quedara solo.

– Tiene usted una cama en el hospital -dijo-. Si necesita a alguien cerca.

– No quiero a nadie cerca -dijo Hannes-. No me lo merezco. He perdido todos mis derechos. Pregunten ustedes a Wilma.

Su voz era dura y aspera.

Sejer salio a la terraza. Vio un balancin con cojines de flores. Se le ocurrio que se estaba meciendo suavemente, como si alguien acabara de levantarse. Volvio al salon.

– Se que es una tonteria -dijo a Hannes-. Pero hay medicamentos. Digame si necesita algo. Aqui tiene mi numero de telefono. No dude en llamarme, ya sea de dia o de noche.

Le dio su tarjeta a Hannes, que la recibio con indiferencia.

– Ahora vamos a hablar con Schillinger -dijo-. Lo mantendremos informado.

* * *

Se detuvieron delante de la casa roja.

Aparcaron junto al Landcruiser y se acercaron a la perrera, donde se quedaron contemplando a los animales a traves de los barrotes. Los perros parecian muy carinosos, saltaban y bailaban, y de vez en cuando soltaban unos amables ladridos.

Habian vuelto con su amo, y ya no parecian para nada lobos.

Un hombre salio de la casa e iba hacia ellos. Los habria visto por la ventana. Habia algo vacilante en su manera de moverse, con pasos cortos y los hombros levantados. Llevaba ropa deportiva verde, pantalon con estampado de camuflaje y unas gruesas botas negras que no habia tenido paciencia de atar. Schillinger tenia unos cuarenta y tantos anos, y una cara marcada por la vida al aire libre. Entrenaba a sus perros durante todo el ano y en toda clase de condiciones climaticas. En la casa anexa guardaba dos trineos y un carro que usaba por los caminos forestales en verano.

– ?Que pasa? -pregunto-. ?Puedo ayudarlos en algo?

Habia un tono duro en su voz.

– Tal vez -contesto Sejer, haciendo un gesto en direccion a los perros-. Magnificos perros -anadio.

Schillinger golpeo el suelo con la bota. Tenia la barbilla hacia delante y la espalda encorvada.

– ?Perros esquimales americanos? -pregunto Skarre.

El otro vacilo.

– Pues si, si. Son raros aqui en Noruega -se apresuro a contestarles.

– Raros -dijo Skarre-, ?y acaso no legales?

Schiller se rasco la nuca.

– Si, si que estan permitidos. Ya lo creo que lo estan. Pero la gente ha inventado unos extranos rumores. El que solo haya unos pocos ejemplares no significa que sean ilegales. Los he importado de forma normal, permitanme subrayarlo. De manera completamente normal. Tengo los papeles, y puedo ir a por ellos, si ustedes quieren. Tengo documentos para cada uno de ellos.

Hablaba mas deprisa ya. Se toco el pelo, estaba sin afeitar.

– ?Y ahora han estado de excursion? -pregunto Skarre muy serio-. ?O me equivoco?

Schillinger noto un agujero en el estomago. ?Y si se han metido en una caballeriza? penso, se ha dado el caso de que algunos perros van a por los caballos. No, sera una oveja. Claro que se lanzan sobre una oveja cuando tienen ocasion, no son caniches, cono. Tomo aliento. Echo una mirada hacia el bosque y luego a los siete perros. Tres de ellos se habian acomodado en el suelo. Los otros cuatro seguian junto a la puerta, husmeando por los barrotes.

– ?Se ha quejado alguien? -pregunto.

– Si -contesto Sejer en voz baja-. Alguien se ha quejado.

Schillinger se puso a andar hacia delante y hacia atras. Evitaba mirarlos a los ojos y daba vueltas como un animal enjaulado.

– Echo el cerrojo en la puerta cuando me ausento para bastante tiempo -dijo-. Esta vez no fue mas que una hora. La perrera estaba vacia cuando volvi. Simplemente vacia.

Abrio las manos en ademan de impotencia. Sejer y Skarre esperaron a que continuara.

– Entonces, ?quien se ha quejado? -pregunto-. La gente se pone muy nerviosa con estos perros, al parecer creen que tengo la perrera llena de animales salvajes, o algo por el estilo.

Tampoco a esta observacion recibio respuesta. No comprendia por que los hombres estaban tan callados, se

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