Hagen sonrio.
– Voy atrasado de sueno.
– ?Cual es la situacion?
– He descubierto la identidad de los nueve miembros del «circulo privado». Siete de ellos estan localizados con toda precision. Solamente Leonard Hudson y Gunnar Eriksen permanecen fuera de la red.
– ?No les habeis seguido la pista desde el centro comercial?
– Las cosas no salieron bien.
– La estacion lunar sovietica fue lanzada hace ocho horas -dijo el presidente-. No puedo esperar mas. Esta tarde dare la orden de detener a todos los miembros del «circulo privado» que podamos.
– ?Al Ejercito o al FBI?
– A ninguno de los dos. Un viejo amigo de la Marina cuidara de ello. Le he dado ya tu lista de nombres y direcciones. -El presidente hizo una pausa y miro fijamente a Hagen-. Dijiste que habias descubierto la identidad de los nueve hombres, Ira, pero en tu informe solo constan ocho.
Hagen parecio reacio, pero metio una mano debajo de su chaqueta y saco una hoja de papel doblada.
– Me habia reservado el nombre del ultimo hombre hasta estar completamente seguro. Un analizador de voces confirmo mis sospechas.
El presidente tomo el papel de manos de Hagen, lo desdoblo y leyo el nombre escrito a mano. Se quito las gafas y limpio cansadamente los cristales como si no pudiese dar credito a sus ojos. Despues se metio al papel en un bolsillo.
– Supongo que siempre lo he sabido, pero no podia creer en su complicidad.
– No los juzgues con dureza, Vince. Estos hombres son patriotas, no traidores. Su unico delito es el silencio. Toma el caso de Hudson y Eriksen. Simulando estar muertos todos estos anos. Piensa en la angustia que esto habra causado a sus amigos y a sus familiares. La nacion nunca podra compensarles de sus sacrificios ni comprender del todo el alcance de su hazana.
– ?Me estas echando un sermon, Ira?
– Si, senor.
El presidente se dio cuenta de pronto de la lucha interior de Hagen. Comprendio que el corazon de su amigo no estaba en la confrontacion final. La lealtad de Hagen se balanceaba sobre el filo de una navaja.
– Me ocultas algo, Ira.
– No te mentire, Vince.
– Tu sabes donde se esconden Hudson y Eriksen.
– Digamos que tengo una solida presuncion.
– ?Puedo confiar en que los traeras?
– Si.
– Eres un buen explorador, Ira.
– ?Donde y cuando quieres que te los entregue?
– En Camp David -respondio el presidente-. Manana, a las ocho de la manana.
– Alli estaremos.
– No puedo incluirte a ti, Ira.
– Es lo que deberias hacer, Vince. Puedes llamarlo una forma de pago. Me debes que pueda presenciar el final.
El presidente considero la peticion.
– Tienes razon. Es lo menos que puedo hacer.
Martin Brogan, director de la CIA, Sam Emmett, del FBI, y el secretario de Estado Douglas Oates se pusieron en pie cuando el presidente entro en la sala de conferencias, con Dan Fawcett pisandole los talones.
– Tengan la bondad de sentarse, caballeros -dijo sonriendo el presidente.
Hubo unos pocos minutos de charla insustancial hasta que entro Alan Mercier, el consejero de seguridad nacional.
– Lamento llegar con retraso -dijo, sentandose rapidamente-. Ni siquiera he tenido tiempo de pensar una buena excusa.
– Un hombre sincero -dijo riendo Brogan-. Lamentable.
El presidente puso una pluma sobre un bloc de notas.
– ?Como esta la cuestion del pacto con Cuba? -pregunto mirando a Oates.
– Hasta que no podamos iniciar un dialogo secreto con Castro, la situacion seguira siendo la misma.
– ?Hay alguna posibilidad, por remota que sea, de que Jessie LeBaron haya podido transmitir nuestra ultima respuesta?
Brogan sacudio la cabeza.
– Creo que es muy dudoso que haya establecido contacto. Nuestras fuentes de informacion no han sabido nada desde que el dirigible fue derribado. Todo el mundo cree que esta muerta.
– ?Alguna palabra de Castro?
– Ninguna. ?
– ?Que se sabe del Kremlin?
– La lucha interna entre Castro y Antonov esta a punto de estallar en campo abierto -dijo Mercier-. Nuestros infiltrados en el Ministerio de Guerra cubano dicen que Castro va a sacar sus tropas de Afganistan.
– No hay mas que hablar -dijo Fawcett-. Antonov no permanecera con los brazos cruzados, dejando que esto ocurra.
Emmett se inclino hacia adelante y cruzo las manos sobre la mesa.
– Todo se remonta a cuatro anos atras, cuando Castro suplico no tener que hacer ni siquiera un pago a cuenta de los diez mil millones de dolares que debe a la Union Sovietica, por prestamos constantemente «renovados» desde los anos sesenta. Dijo hallarse en un aprieto economico y tuvo que doblegarse cuando Antonov le pidio que enviase tropas a luchar en Afganistan. Y no fueron unas pocas companias, sino casi veinte mil hombres.
– ?Cuantas bajas calcula la CIA que han tenido? -pregunto el presidente, volviendose a Brogan.
– Aproximadamente mil seiscientos muertos, dos mil heridos y mas de quinientos desaparecidos.
– Dios mio, eso es mas de un veinte por ciento.
– Otra razon para que el pueblo cubano deteste a los rusos -siguio diciendo Brogan-. Castro es como un hombre que se esta ahogando entre un bote de remos que hace agua y cuyos ocupantes le apuntan con armas de fuego y un yate de lujo cuyos pasajeros estan agitando botellas de champana. Si le arrojamos una cuerda, la tripulacion del Kremlin la acribillara a balazos.
– En realidad, estan pensando en acribillarle de todos modos -anadio Emmett.
– ?Tenemos alguna idea de como o cuando se realizara el asesinato? -pregunto el presidente.
Brogan rebullo inquieto en su sillon.
