– Nuestros informadores no han podido averiguarlo.
– Su secreto sobre el tema es mas hermetico de lo que habia visto jamas -dijo Mercier-. Nuestros ordenadores no han podido descifrar ningun dato sobre la operacion detectada por nuestros sistemas de escucha espacial. Solamente unos pocos detalles que no pueden darnos una idea concreta de sus planes.
– ?Sabe quien se encarga de ello? -insistio el presidente.
– El general Peter Velikov, del GRU, considerado como un brujo en la infiltracion y manipulacion de los gobiernos del Tercer Mundo. El fue el artifice del golpe de Estado en Nigeria hace dos anos. Afortunadamente, el Gobierno marxista que instauro duro muy poco.
– ?Opera fuera de La Habana?
– Se mueve en un secreto total -respondio Brogan-. La imagen perfecta del hombre que no esta en ninguna parte. Velikov no ha sido visto en publico desde hace cuatro anos. Estamos absolutamente seguros de que esta dirigiendo el espectaculo desde algun lugar escondido.
Los ojos del presidente parecieron nublarse.
– Lo unico que tenemos aqui es una vaga teoria de que el Kremlin proyecta asesinar a Fidel y a Raul Castro, echarnos la culpa a nosotros y, despues, apoderarse del Gobierno empleando comparsas cubanos que reciben ordenes directas de Moscu. Bueno, caballeros, yo no puedo actuar a base de suposiciones. Necesito hechos.
– Es una presuncion fundada en hechos conocidos -explico energicamente Brogan-. Tenemos los nombres de los cubanos que estan a sueldo de los sovieticos, esperando desde la barrera el momento de asumir el poder. Nuestra informacion confirma plenamente la intencion del Kremlin de eliminar a los Castro. La CIA es la perfecta cabeza de turco, porque el pueblo cubano no ha olvidado la bahia de Cochinos ni las torpes intrigas de la Agencia para el asesinato de Fidel Castro por la mafia durante la Administracion Kennedy. Le aseguro, senor presidente, que he dado maxima prioridad a este asunto. Sesenta agentes de todos los niveles, dentro y fuera de Cuba, estan concentrando sus esfuerzos en penetrar la muralla de secreto de Velikov.
– Y sin embargo, no podemos conseguir un dialogo abierto con Castro para ayudarnos mutuamente.
– No, senor -dijo Oates-. El se niega a establecer cualquier contacto por canales oficiales.
– ?No se da cuenta de que se le puede estar acabando el tiempo? - pregunto el presidente.
– Esta deambulando en un vacio -respondio Oates-. Por una parte, se siente seguro al saber que la inmensa mayoria de los cubanos le idolatran. Pocos lideres nacionales pueden contar con el respeto y el afecto que por el siente su pueblo. Y por otra parte, no puede comprender plenamente la gravedad de la amenaza sovietica contra su vida y su regimen.
– Asi pues -dijo gravemente el presidente-, lo que quieren decirme es que, a menos de que podamos conseguir una importante hazana en el campo de la informacion o meter en el escondrijo de Castro a alguien que pueda hacerle atenerse a razones, solo podemos permanecer sentados y observar como se hunde Cuba bajo un total dominio sovietico.
– Si, senor presidente -dijo Brogan-. Eso es exactamente lo que le estamos diciendo.
39
Hagen estaba dando un paseo por la avenida del centro comercial, mirando de vez en cuando las mercancias expuestas en las tiendas. El olor a cacahuetes tostados le recordo que tenia hambre, se detuvo ante un carrito pintado de alegres colores y compro una bolsa de pistachos.
Para descansar los pies unos minutos, se sento en un sofa de una tienda de electrodomesticos y observo una pared en la que habia veinte televisores, sintonizados todos ellos en el mismo canal. Las imagenes mostraban una reposicion de la transmision efectuada una hora antes del momento en que la nave espacial
Hagen paseo despues arriba y abajo, deteniendose para mirar a traves de un gran escaparate a un disc-jockey que ponia discos para una emisora de radio situada en el paseo. Se cruzaba con una multitud de compradores, pero centraba su atencion en los pocos hombres que alli habia. La mayoria parecia estar en el descanso para el almuerzo. Miraban los escaparates y, generalmente, compraban lo primero que veian, a diferencia de las mujeres, que preferian seguir buscando con la vana esperanza de encontrar algo mejor a un precio mas barato.
Se fijo en dos hombres que comian bocadillos de pescado en un restaurante de platos preparados. No llevaban bolsas de la compra, ni vestian como dependientes. Su estilo informal recordaba mas bien al del doctor Mooney, del laboratorio Pattenden.
Hagen les siguio a unos grandes almacenes. Bajaron por la escalera mecanica hasta el sotano, cruzaron la seccion de ventas y entraron en un pasillo de detras marcado con un rotulo que decia: «Solo empleados».
Un timbre de alarma sono dentro de la cabeza de Hagen. Volvio junto a un mostrador donde habia montones de sabanas, se quito la chaqueta y se puso un lapiz en la oreja. Entonces espero a que el dependiente estuviese ocupado con una clienta, tomo un monton de sabanas y se dirigio de nuevo al pasillo.
Tres puertas conducian a locales de deposito; dos, a salitas de descanso, y otra estaba marcada con un rotulo de «Peligro-Alto Voltaje». Empujo esta ultima puerta y entro. Un sorprendido guardia de seguridad, sentado a una mesa, levanto la mirada.
– ?Eh, usted no puede…
Fue todo lo que pudo decir antes de que Hagen le arrojase las sabanas a la cara y le descargase un golpe de karate a un lado del cuello. Habia otros dos guardias de seguridad detras de una segunda puerta, y Hagen les derribo a los dos en menos de cuatro segundos. Se agacho y miro a su alrededor, previendo otro peligro.
Cien pares de ojos le miraron con asombro.
Hagen se hallaba en una habitacion que parecia extenderse hasta el infinito. Estaba llena de gente, de oficinas, de equipos de informatica y de comunicaciones. Durante un largo segundo, se quedo pasmado por las dimensiones de todo aquello. Despues dio un paso al frente, agarro de los brazos a una aterrorizada secretaria y la levanto de su silla.
– ?Leonard Hudson! -grito-. ?Donde puedo encontrarle?
El miedo se pinto en los ojos de ella. Inclino la cabeza hacia la derecha.
– El… el despacho de la p… puerta azul -balbucio.
– Muchas gracias -dijo el, con una amplia sonrisa.
Solto a la chica y cruzo rapidamente el local en silencio. Tenia un rictus malevolo en el semblante, como desafiando a quien pretendiese cerrarle el paso.
Nadie lo intento. La muchedumbre se partio como las aguas del mar Rojo en el pasillo principal.
Cuando llego a la puerta azul, Hagen se detuvo y se volvio, observando el centro de cerebros y comunicaciones del programa Jersey Colony. Tenia que admirar a Hudson. Era un camuflaje muy habil. Excavado durante la construccion del centro comercial, aquel lugar habria llamado poco o nada la atencion. Los cientificos, los ingenieros y las secretarias podian entrar y salir entre la multitud, y sus coches se confundian con otros cientos en la zona de aparcamiento. La estacion de radio era tambien genial.
