raras veces de su despacho. Se enterro en un trabajo que pronto perdio todo significado. Sus padres, aunque muy ancianos, vivian todavia, lo mismo que su hermano y su hermana. Sandecker no habia experimentado nunca realmente una tragedia personal.
Durante sus anos en la Marina, estuvo absorto en su trabajo. Tenia poco tiempo para establecer relaciones profundas con una mujer, y contaba con pocos buenos amigos, la mayoria de ellos marinos como el. Construyo una muralla a su alrededor, entre superiores y subordinados, y se mantuvo en el terreno intermedio. Alcanzo el grado de almirante antes de los cincuenta anos, pero se sentia anquilosado.
Cuando el Congreso aprobo su nombramiento de jefe de la Agencia Maritima y Submarina Nacional, volvio a la vida. Entablo buena amistad con tres personas inverosimiles, que le miraban con respeto pero le trataban como si estuviesen tomando unas copas en un bar.
Los desafios a los que habia tenido que hacer frente la AMSN les habian unido. Uno de ellos era Al Giordino, un extrovertido que se ofrecia de buen grado para los proyectos mas sucios y hurtaba los caros cigarros de Sandecker. Otro era Rudi Gunn, resuelto siempre a hacer las cosas a la perfeccion, experto en programas de organizacion y que no habria podido hacerse un enemigo aunque lo hubiese intentado. Y el otro era Pitt, que habia contribuido mas que nadie a reanimar el espiritu creador de Sandecker. Pronto fueron como padre e hijo.
La actitud liberal de Pitt ante la vida y su ingenio sarcastico le seguian como la cola a un cometa. No podia entrar en una habitacion sin animar el ambiente. Sandecker trato ahora, sin conseguirlo, de borrar los recuerdos, de desprenderse del pasado. Se retrepo en el sillon, detras de la mesa, y cerro los ojos y se dejo dominar por el dolor. Perder a los tres de golpe era algo que escapaba a su comprension.
Mientras estaba pensando en Pitt, se encendio la luz y sono debilmente el timbre de su telefono privado. Se froto brevemente las sienes y levanto el auricular.
– ?Si?
– Jim, ?eres tu? Un amigo comun del Pentagono me ha dicho tu numero privado.
– Disculpeme. Estaba distraido. No reconozco la voz.
– Soy Clyde. Clyde Monfort.
Sandecker se puso tenso.
– ?Que sucede, Clyde?
– Acabo de recibir un mensaje de nuestros submarinos que regresan de maniobras de desembarco en Jamaica.
– ?Y que tengo yo que ver con esto?
– El capitan de un submarino informa de que ha recogido a un naufrago hace no mas de veinte minutos. No es exactamente normal que nuestras fuerzas submarinas nucleares acepten desconocidos a bordo, pero este hombre afirmo que trabajaba para ti y se puso bastante violento cuando el capitan se nego a permitirle que enviase un mensaje.
– ?Pitt!
– Has acertado -respondio Monfort-. Este es el nombre que dio. Dirk Pitt. ?Como lo has sabido?
– ?Gracias a Dios!
– ?Es autentico?
– Si, si, lo es -dijo Sandecker con impaciencia-. ?Y que hay de los otros?
– No hay otros. Pitt estaba solo en una banera.
– Repite esto.
– El capitan jura que era una banera con un motor fuera borda.
Como conocia a Pitt, Sandecker no dudo un momento de la veracidad de la historia.
– ?Cuanto tiempo necesitaras para hacer que le recoja un helicoptero y le deje en el aerodromo mas proximo para que se traslade a Washington?
– Sabes que esto es imposible, Jim. No puedo hacer que le suelten hasta que el submarino haya atracado en su base de Charleston.
– No cuelgues, Clyde. Llamare a la Casa Blanca por otra linea y conseguire la autorizacion.
– ?Tanta influencia tienes? -pregunto Monfort con incredulidad.
– Para esto y para mas.
– ?Puedes decirme de que se trata, Jim?
– Acepta mi palabra. Es mejor que no te metas en esto.
Se habian reunido en la Casa Blanca para una fiesta en honor del primer ministro de la India, Rajiv Gandhi, que realizaba un viaje de buena voluntad por los Estados Unidos. Actores y lideres sindicales, atletas y multimillonarios, todos intercambiaban sus opiniones y sus diferencias, y se mezclaban como vecinos en un acto social dominical.
Los ex presidentes Ronald Reagan y Jimmy Carter conversaban y actuaban como si nunca hubiesen salido del Ala Oeste. De pie en un rincon lleno de flores, el secretario de Estado Douglas Oates cambiaba historias de guerra con Henry Kissinger, mientras el quarterback de los Houston Oilers, ganadores de la Superbowl, estaba plantado delante de la chimenea y miraba descaradamente los senos de la locutora de la ABC, Sandra Malone.
El presidente brindo con el primer ministro Gandhi y despues le presento a Charles Murphy, que habia sobrevolado recientemente la Antartida en globo. La esposa del presidente se acerco, tomo a su marido del brazo y le condujo hacia la pista de baile del regio salon.
Un auxiliar de la Casa Blanca capto la mirada de Dan Fawcett y senalo con la cabeza hacia la puerta. Fawcett se acerco a el, le escucho y despues se dirigio al presidente. La cadena de mando funcionaba perfectamente.
– Disculpeme, senor presidente, pero acaba de llegar un mensajero con una ley aprobada por el Congreso y que tiene usted que firmar antes de la medianoche.
El presidente asintio con la cabeza, en senal de comprension. No habia ninguna ley a firmar. Era una frase en clave que indicaba un mensaje urgente. Se excuso con su esposa, cruzo el pasillo y entro en un pequeno despacho privado. Espero a que Fawcett cerrase la puerta antes de descolgar el telefono.
– Aqui el presidente.
– Soy el almirante Sandecker, senor.
– Si, almirante, ?que sucede?
– Tengo al jefe de las Fuerzas Navales del Caribe en otra linea. Acaba de informarme de que uno de mis hombres, que habia desaparecido con Jessie LeBaron, ha sido salvado por uno de nuestros submarinos.
– ?Ha sido identificado?
– Es Dirk Pitt.
– Ese hombre debe ser indestructible o muy afortunado -dijo el presidente con un deje de alivio en su voz-. ?Cuando podemos tenerle aqui?
– El almirante Clyde Monfort esta en la otra linea esperando autorizacion para un transporte urgente.
– ?Puede ponerme con el?
– Un momento, senor.
Hubo una breve pausa seguida de un chasquido. El presidente dijo:
– Almirante Monfort, ?me oye?
– Le oigo.
