– Soy el presidente. ?Reconoce mi voz?
– Si, senor, la reconozco.
– Quiero que Pitt este en Washington lo antes posible. ?Entendido?
– Si, senor presidente. Hare que un reactor de la Marina le deposite en el aeropuerto de la base Andrews de la Fuerza Aerea antes del amanecer.
– Tienda una red de secreto alrededor de este asunto, almirante. Mantenga el submarino en el mar y ponga a los pilotos o a cualquiera que se acerque a menos de cien metros de Pitt bajo confinamiento durante tres dias.
Hubo una breve vacilacion.
– Sus ordenes seran cumplidas.
– Gracias. Ahora dejeme hablar con el almirante Sandecker.
– Estoy aqui, senor presidente.
– ?Lo ha oido? El almirante Monfort hara que Pitt este en Andrews antes del amanecer.
– Ire personalmente a recibirle.
– Bien. Llevele en helicoptero a la sede de la CIA en Langley. Martin Brogan y representantes mios y del Departamento de Estado estaran esperando para interrogarle.
– Es posible que no pueda arrojar luz sobre nada.
– Probablemente tenga razon -dijo cansadamente el presidente-. Espero demasiado. Creo que siempre he esperado demasiado.
Colgo y suspiro profundamente. Ordeno sus ideas durante un instante y las archivo en un rincon de la mente, para recuperarlas mas tarde, tecnica que mas o menos deprisa llegan a dominar todos los presidentes. Pasar de los problemas a la rutina trivial y volver a los problemas como cuando se enciende y se apaga una luz eran unas exigencias del cargo.
Fawcett sabia interpretar los estados de animo del presidente y espero con paciencia. Por fin dijo:
– Tal vez no seria mala idea que asistiese yo al interrogatorio.
El presidente le miro tristemente.
– Vendra conmigo a Camp David al salir el sol.
Fawcett le miro perplejo.
– En su agenda no esta previsto un viaje a Camp David. Casi toda la manana esta reservada a reuniones con lideres del Congreso para tratar del presupuesto.
– Tendran que esperar. Manana tengo que celebrar una conferencia mas importante.
– Como jefe de su personal, ?puedo preguntarle con quien va a conferenciar?
– Con unos hombres que se hacen llamar el «circulo privado».
Fawcett miro al presidente, apretando poco a poco los labios.
– No comprendo.
– Deberia comprenderlo, Dan. Usted es uno de ellos.
Antes de que el perplejo Fawcett pudiese replicar, el presidente salio del despacho y se reunio con sus invitados.
42
La sacudida del aterrizaje desperto a Pitt. Fuera del jet bimotor de la Marina, el cielo estaba todavia oscuro. A traves de una pequena ventana, pudo ver los primeros resplandores anaranjados que precedian al nuevo dia.
Las ampollas causadas por el roce con la banera casi le hacian imposible estar sentado, y habia dormido de costado, en una posicion violenta. Se sentia pesimamente y tenia sed de algo que no fuese los zumos de fruta que le habia obligado a tragar en enormes cantidades el demasiado solicito medico del submarino.
Se pregunto que haria si volvia un dia a encontrarse con Foss Gly. Por muy infernales que fuesen los castigos que creaba en su mente, no le parecian suficientes. La idea del tormento que infligia Gly a Jessie, a Giordino y a Gunn le obsesionaba. Sentia remordimientos por haber escapado.
Se extinguio el zumbido de los motores del reactor y se abrio la puerta. Bajo rigidamente la escalerilla y se rundio en un abrazo con Sandecker. El almirante daba raras veces un apreton de manos, por lo que la inesperada muestra de afecto sorprendio a Pitt.
– Suspongo que lo que dices de que mala hierba nunca muere es verdad -dijo Sandecker con voz ronca.
– Es mejor salvar el pellejo que perderlo -respondio sonriendo Pitt.
Sandecker le asio de un brazo y le condujo a un coche que esperaba.
– Le esperan en la sede de la CIA en Langley para interrogarle.
Pitt se detuvo de pronto.
– Ellos estan vivos -anuncio brevemente.
– ?Vivos? -dijo, pasmado, Sandecker-. ?Todos?
– Prisioneros de los rusos y torturados por un desertor.
La incomprension se pinto en el rostro de Sandecker.
– ?Estuvieron en Cuba?
– En una de las islas proximas -explico Pitt-. Tenemos que informar a los rusos de mi rescate lo antes posible, para impedir que…
– Mas despacio -le interrumpio Sandecker-. Estoy perdiendo el hilo, Mejor aun, espere a referir toda la historia cuando lleguemos a Langley. Supongo que tendra mucho que contar.
Mientras volaban sobre la ciudad, empezo a llover. Pitt contemplo a traves del parabrisas de plexiglas las ochenta hectareas de bosque que rodeaban la vasta estructura de marmol gris y hormigon que era sede del ejercito de espias de los Estados Unidos. Desde el aire, parecia desierta; no se veia a nadie en el lugar. Incluso la zona de aparcamiento estaba solo ocupada en una cuarta parte. La unica forma humana que Pitt pudo distinguir era una estatua del espia mas famoso de la nacion, Nathan Hale, que habia cometido el error de dejarse atrapar y habia sido ahorcado
Dos altos oficiales estaban esperando en la pista para helicopteros, provistos de paraguas. Todos entraron corriendo en el edificio y Pitt y Sandecker fueron introducidos en un gran salon de conferencias. Habia alli seis hombres y una mujer. Martin Brogan se acerco, estrecho la mano a Pitt y le presento a los otros. Pitt les saludo con la cabeza y pronto olvido sus nombres.
Brogan dijo:
– Creo que ha tenido un viaje muy accidentado.
– No lo recomendaria a los turistas-respondio Pitt.
– ?Puedo ofrecerle algo de comer o de beber? -dijo amablemente Brogan-. ?Una taza de cafe o tal vez un desayuno?
– Me apeteceria una cerveza bien fria…
– Desde luego -Brogan levanto el telefono y dijo algo-. Estara aqui dentro de un minuto.
La sala de conferencias era sencilla en comparacion con las de oficinas
