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El comandante Grigory Leuchenko estaba tendido sobre el polvo fino y gris de la superficie de la Luna, contemplando el desierto desolado que se extendia bajo un cielo negro como el carbon. Le parecio que el silencioso y misterioso paisaje era parecido al arido desierto de la cuenca de Seistan, en Afganistan. La llanura pedregosa y las onduladas colinas eran poco definidas. Le recordaban un vasto mar de yeso blanco y, sin embargo, le parecia extranamente familiar.
Domino las ganas de vomitar. El y todos sus hombres sufrian nauseas. No habian tenido tiempo de entrenarse para el medio ambiente ingravido durante el viaje desde la Tierra, ni semanas o meses para adaptarse, como los habian tenido los cosmonautas de las misiones Soyuz. Solo habian recibido unas pocas horas de instruccion sobre la manera de hacer funcionar los sistemas vitales de sus trajes lunares, una breve conferencia sobre las condiciones que era de esperar que encontrarian en la Luna, y una explicacion sobre la situacion de la colonia americana.
Sintio, a traves del traje lunar, que una mano apretaba su hombro. Hablo por el transmisor interno de su casco, sin volverse.
– ?Que ha descubierto?
El teniente Dmitri Petrov senalo un valle plano que discurria entre las inclinadas paredes de dos crateres a unos mil metros a la izquierda.
– Huellas de vehiculos y pisadas, convergiendo hacia aquella sombra debajo del borde del crater de la izquierda. Distingui tres o tal vez cuatro pequenos edificios.
– Invernaderos presurizados -dijo Leuchenko. Coloco unos gemelos en forma de caja sobre un pequeno tripode y ajusto el ancho visor a la parte delantera de su casco-. Parece como si saliese vapor de la falda del crater. -Hizo una pausa para enfocar mejor las lentes-. Si, ahora puedo verlo claramente. Hay una entrada en la roca, probablemente hermetica y con acceso a la instalacion interior. No hay senales de vida. El perimetro exterior parece desierto.
– Podrian estar ocultos para tendernos una emboscada -dijo Petrov.
– Ocultos, ?donde? -pregunto Leuchenko, resiguiendo el abierto panorama-. Las rocas desparramadas son demasiado pequenas para que un hombre se esconda detras de ellas. No hay grietas en el suelo, ni indicios de obras de defensa. Un astronauta en un voluminoso traje lunar blanco se destacaria como un muneco de nieve en un campo de ceniza. No, deben de haberse hecho fuertes dentro de la cueva.
– Una imprudente posicion defensiva. Mejor para nosotros.
– Pero tienen un lanzador de cohetes.
– Esto es poco eficaz contra hombres desplegados en una formacion holgada.
– Cierto, pero nosotros no tenemos donde resguardarnos y no podemos estar seguros de que no tienen otras armas.
– Un fuego concentrado contra la entrada de la cueva podria obligarles a salir -sugirio Petrov.
– Tenemos orden de no causar danos innecesarios a la instalacion - dijo Leuchenko-. Tenemos que entrar…
– ?Algo se esta moviendo alli! -grito Petrov.
Leuchenko miro a traves de los gemelos. Un vehiculo descubierto y de extrano aspecto habia aparecido desde detras de uno de los invernaderos y avanzaba en su direccion. Una bandera blanca, sujeta a una antena, pendia flaccida en la atmosfera sin aire. Siguio observando hasta que el vehiculo se detuvo a cincuenta metros de distancia y una figura se apeo de el.
– Interesante -dijo reflexivamente Leuchenko-. Los americanos quieren parlamentar.
– Puede ser un truco. Un ardid para estudiar nuestra fuerza.
– No lo creo. No establecerian contacto bajo una bandera de tregua si actuasen desde una posicion de fuerza. Su servicio secreto y sus sistemas de seguimiento desde la Tierra les habran avisado de nuestra llegada, y deben darse cuenta de que su armamento es muy inferior al nuestro. Los americanos son capitalistas. Lo consideran todo desde el punto de vista practico. Si no pueden combatir, intentaran hacer un trato.
– ?Vas a ir a su encuentro? -pregunto Petrov
– Nada se pierde con hablar. Parece que no va armado. Tal vez pueda convencerles de que me entreguen la colonia intacta a cambio de respetarles la vida.
– Tenemos orden de no hacer prisioneros.
– No lo he olvidado -dijo bruscamente Leuchenko-. Cruzaremos aquel puente cuando hayamos logrado nuestro objetivo. Diga a los hombres que apunten al americano. Si levanto la mano izquierda, deles la orden de disparar.
Entrego su arma automatica a Petrov y se puso rapidamente en pie. Su traje lunar y su mochila vital, que contenia un deposito de oxigeno y otro de agua para la refrigeracion, anadian noventa kilos al peso de Leuchenko, haciendo un total de casi ciento ochenta kilos terrestres. Pero su peso lunar era solamente de treinta kilos.
Avanzo hacia el vehiculo lunar con esa andadura saltarina que se produce cuando uno se mueve bajo la ligera traccion de la fuerza de gravedad de la Luna. Se acerco rapidamente al vehiculo y se detuvo a cinco metros de distancia.
El colono lunar americano estaba tranquilamente apoyado en una rueda delantera. Entonces se irguio, hinco una rodilla en el suelo y escribio un numero en el polvo de color de plomo.
Leuchenko comprendio y puso su receptor de radio a la frecuencia indicada. Despues asintio con la cabeza.
– ?Me oye? -pregunto el americano en ruso, pero con pesimo acento.
– Hablo ingles -respondio Leuchenko.
– Bien. Esto evitara cualquier error de interpretacion. Me llamo Eli Steinmetz.
– ?Es el jefe de la base lunar de los Estados Unidos?
– Yo dirijo el proyecto, si.
– Comandante Grigory Leuchenko, de la Union Sovietica.
Steinmetz se acerco mas y se estrecharon rigidamente la mano.
– Parece que tenemos un problema, comandante.
– Un problema que ninguno de los dos puede evitar.
– Ustedes podrian dar media vuelta y volver a su nave en orbita -dijo Steinmetz.
– Tengo ordenes -declaro Leuchenko con firmeza.
– Tiene que atacar y capturar mi colonia.
– Si.
– ?No hay manera de evitar el derramamiento de sangre?
– Podrian rendirse.
– Muy gracioso -dijo Steinmetz-. Yo iba a proponerle lo mismo.
Leuchenko estaba seguro de que Steinmetz se tiraba un farol, pero la cara que habia detras de la ventanilla de observacion tenida de amarillo del casco permanecia invisible. Lo unico que Leuchenko podia ver era su propio reflejo.
– Debe darse cuenta de nuestra superioridad numerica.
– En un combate normal, tendrian ustedes las de ganar -convino
