Steinmetz-. Pero solamente pueden permanecer fuera de su nave nodriza unas pocas horas antes de que tengan que volver a ella y rellenar sus depositos de oxigeno. Calculo que ya habran gastado dos.

– Nos queda lo suficiente para realizar nuestro trabajo -dijo confiadamente Leuchenko.

– Debo hacerle una advertencia, comandante. Nosotros tenemos un arma secreta. Usted y sus hombres moriran.

– Un farol bastante burdo, senor Steinmetz. Yo habria esperado algo mejor de un cientifico americano.

Steinmetz le corrigio:

– Ingeniero; no es lo mismo.

– No me importa lo que sea -dijo Leuchenko, con evidente impaciencia.

Como soldado, no se hallaba en su elemento en negociaciones verbales. Estaba ansioso de entrar en accion.

– Es insensato continuar esta conversacion. Lo prudente, por su parte, seria que hiciese salir a sus hombres y nos entregase la instalacion. Yo respondo de su seguridad hasta que puedan ser enviados a la Tierra.

– Miente usted, comandante. O sus hombres o los mios tendran que ser eliminados. No puede quedar nadie que diga al mundo lo que ha sucedido aqui.

– Se equivoca, senor Steinmetz. Si se rinden, seran tratados equitativamente.

– Lo siento, pero no hay trato.

– Entonces no puede haber cuartel.

– No lo esperaba -dijo Steinmetz, en tono inexorable-. Si atacan, la perdida de vidas humanas recaera sobre su conciencia.

Leuchenko se enfurecio:

– Como responsable de la muerte de nueve cosmonautas sovieticos, senor Steinmetz, no creo que sea usted la persona mas indicada para darme lecciones de humanidad.

Leuchenko no podia estar seguro, pero habria jurado que Steinmetz se habia puesto tenso. Sin esperar una replica, giro sobre sus talones y se alejo. Miro por encima del hombro y vio que Steinmetz permanecia varios segundos plantado alli antes de volver a subir lentamente a su vehiculo lunar y regresar a la colonia, levantando una nubecula de polvo gris con las ruedas de atras.

Leuchenko sonrio para si. Dos horas mas, tal vez tres como maximo, y su mision habria terminado triunfalmente. Cuando se hallo de nuevo entre sus hombres, estudio con los gemelos la disposicion del rocoso terreno de delante de la base lunar. Finalmente, cuando estuvo convencido de que no habia colonos americanos acechando entre las rocas, dio la orden de desplegarse en formacion holgada y avanzar. La elite del equipo combatiente sovietico inicio su avance sin sospechar en absoluto que la ingeniosa trampa que habia montado Steinmetz les estaba esperando.

48

Despues de volver a la entrada de la sede subterranea de Jersey Colony, Steinmetz aparco tranquilamente el vehiculo lunar y penetro despacio en el interior. Se tomo tiempo, casi sintiendo la mirada de Leuchenko observando todos sus movimientos. En cuanto se hubo perdido de vista de los rusos, se detuvo en seco en la esclusa de aire y paso rapidamente por un pequeno tunel lateral que se elevaba gradualmente a traves de la vertiente interior del crater. Al pasar, levantaba nubeculas de polvo que llenaban el estrecho pasadizo, y tenia que limpiar continuamente el cristal del casco para poder ver algo.

Cincuenta pasos y un minuto mas tarde, se agacho y se arrastro por una abertura que conducia a una pequena cornisa camuflada con un gran pano gris que imitaba perfectamente la superficie circundante. Otro personaje uniformado yacia alla boca abajo, observando a traves de la mira telescopica de un fusil.

Willie Shea, el geofisico de la colonia, no se dio cuenta de otra presencia hasta que Steinmetz se sento a su lado.

– Creo que no has causado mucha impresion -dijo, con ligero acento bostoniano-. Los eslavos estan a punto de atacar nuestra casa.

Desde su elevado punto de observacion, Steinmetz pudo ver claramente como avanzaban Leuchenko y sus hombres por el valle. Lo hacian como cazadores detras de su presa, sin intentar valerse del suelo elevado de las vertientes del crater. Las piedras sueltas habrian hecho demasiado lenta la marcha. En vez de esto, saltaban en el llano, corriendo en zigzag, arrojandose al suelo cada diez o quince metros y aprovechando todas las rocas y anfractuosidades del terreno. A un tirador experto le habria sido casi imposible acertar a aquellas figuras que oscilaban y se escabullian.

– Dispara un tiro a un par de metros por delante del primer hombre - dijo Steinmetz-. Quiero observar su reaccion.

– Si conocen nuestra frecuencia, les revelaremos todos nuestros movimientos -protesto Shea.

– No han tenido tiempo de buscar nuestra frecuencia. Callate y dispara.

Shea se encogio de hombros dentro del traje lunar, miro a traves de la reticula de la mira telescopica y apreto el gatillo. El disparo fue extranamente silencioso, porque no habia aire en la Luna para transmitir ondas sonoras.

Una nubecula de polvo se elevo delante de Leuchenko, que echo inmediatamente cuerpo a tierra. Sus hombres le imitaron y miraron por encima de sus armas automaticas, esperando que siguiesen disparando contra ellos. Pero no ocurrio nada.

– ?Alguien ha visto desde donde han disparado? -pregunto Leuchenko.

Todas las respuestas fueron negativas.

– Estan midiendo la distancia -dijo el sargento Ivan Ostrovski. Veterano curtido en la lucha de Afganistan, no podia creer que estuviese ahora combatiendo en la Luna. Senalo con un dedo afilado el suelo a unos doscientos metros delante de ellos-. ?Que le dicen esas rocas de colores, comandante?

Por primera vez advirtio Leuchenko varias rocas desparramadas en una linea irregular a traves del valle y pintadas de un vivo color naranja.

– Dudo de que esto tenga algo que ver con nosotros -dijo-. Probablemente las han puesto alli para hacer algun experimento.

– Yo creo que el disparo se hizo de arriba abajo-dijo Petrov. Leuchenko tomo sus gemelos, los puso en el tripode y resiguio cuidadosamente la ladera y la cima del crater. El sol era de un blanco resplandeciente, pero, sin aire para difundir la luz, un astronauta de pie en la sombra de una formacion rocosa habria sido casi invisible.

– No se ve nada -dijo al fin.

– Si estan esperando a que cerremos la brecha, es que deben conservar algunas municiones.

– Trescientos metros mas adelante sabremos que clase de recepcion nos tienen preparada -murmuro Leuchenko-. En cuanto nos pongamos a cubierto en los invernaderos, no podran vernos desde la entrada de la cueva. -Se incorporo sobre una rodilla y agito un brazo-. Desplegaos y manteneos alerta.

Los cinco combatientes sovieticos se pusieron en pie de un salto y se desplegaron. Al llegar a las rocas de color naranja, otro disparo se estrello en la fina arena delante de ellos, por lo

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