que se arrojaron al suelo, en una linea quebrada de figuras blancas, con los cristales del casco resplandeciendo bajo los intensos rayos del sol.

Solamente un centenar de metros les separaban de los invernaderos, pero las nauseas les restaban energia. Eran luchadores tan duros como el que mas, pero tenian que enfrentarse con el mareo del espacio al mismo tiempo que con un medio ambiente desconocido. Leuchenko sabia que podia contar con ellos mas alla de los limites de resistencia. Pero si no conseguian entrar en la atmosfera segura de la colonia dentro de la proxima hora, tendria pocas probabilidades de volver a su capsula de alunizaje antes de que se agotasen los sistemas que eran vitales para ellos. Les dio un minuto de descanso, mientras examinaba de nuevo el terreno que tenia delante.

Leuchenko era experto en oler trampas. Habia estado a punto de que lo matasen en tres ocasiones diferentes, en emboscadas tendidas por los rebeldes afganos, y habia aprendido el arte de percibir el peligro.

No fue lo que sus ojos podian ver, sino lo que no veian lo que hizo sonar un timbre de alarma en su cabeza. Los dos disparos no concordaban con una tactica impremeditada. Considero que habian sido deliberados. ?Una tosca advertencia? No; tenian que significar algo mas, especulo. ?Tal vez una senal?

El traje y el casco que entorpecian sus movimientos le irritaban. Anoraba su comodo y eficaz equipo de combate, pero comprendia que no habria podido proteger su cuerpo del calor abrasador y de los rayos cosmicos. Al menos por cuarta vez, la bilis subio a su garganta, y sintio nauseas al obligarse a tragarla.

La situacion era infernal, penso furiosamente. Nada era de su gusto. Sus hombres estaban expuestos en campo abierto. No habia recibido informacion sobre las armas de los americanos, salvo lo que se decia sobre un lanzador de cohetes. Ahora les habian atacado con armas de poco calibre. El unico consuelo de Leuchenko era que los colonos parecian emplear un fusil o tal vez incluso una pistola. Si hubiesen poseido una ametralladora, habrian podido derribar a los sovieticos cien metros antes. Y el lanzador de cohetes. ?Por que no habian hecho uso de el? ?A que estaban esperando?

Lo que mas le preocupaba era la ausencia de todo movimiento por parte de los colonos. Los invernaderos y los pequenos modulos de laboratorio alrededor de la entrada de la cueva parecian desiertos.

– A menos que veais un objeto -ordeno-, no dispareis hasta que lleguemos a cubierto. Entonces nos reagruparemos y atacaremos las dependencias principales.

Leuchenko espero a que cada uno de sus cuatro hombres indicasen que le habian comprendido, y entonces les dio la senal de avanzar.

El cabo Mikhail Yushchuk estaba a unos treinta metros detras y a igual distancia del hombre que tenia a su izquierda. Se levanto y empezo a correr agachado. Solo habia dado unos cuantos pasos cuando sintio como un pinchazo en el rinon. Entonces se repitio la dolorosa sensacion. Se llevo una mano a la espalda, justo por debajo de la mochila. Su vision empezo a nublarse y su respiracion se hizo jadeante mientras su traje presurizado empezaba a deshincharse. Cayo de rodillas y, aturdido, se miro la mano. El guante estaba empapado en sangre que ya humeaba y se coagulaba bajo el calor abrasador del sol.

Yushchuk trato de avisar a Leuchenko, pero le fallo la voz. Se derrumbo sobre el polvo gris, reconociendo vagamente una figura en traje espacial que se erguia sobre el con un cuchillo. Entonces perdio el mundo de vista.

Steinmetz presencio la muerte de Yushchuk desde su observatorio y dio una serie de rapidas ordenes por medio del transmisor de su casco.

– Bien, Dawson, tu hombre esta a tres metros a la izquierda y a dos metros delante de ti. Gallagher, esta a siete metros a tu derecha y avanzando. Calma, calma; va directamente hacia Dawson. Bien, acabad con el.

Observo como dos de los colonos se materializaban como por arte de magia y atacaban a uno de los sovieticos que se habia retrasado ligeramente en relacion con sus camaradas.

– Dos de menos; quedan tres -murmuro Steinmetz para si.

– Estoy apuntando al hombre que va delante -dijo Shea-. Pero no puedo estar seguro de acertarle a menos que se detenga un segundo.

– Dispara otra vez, pero ahora mas cerca, para que se echen al suelo. Entonces apuntale a el. Si se diese cuenta de lo que pasa, podria derribar a los nuestros antes de que se le acercasen. Liquidale si vuelve la cabeza.

Shea apunto sigilosamente su M-14 y lanzo otro disparo, que fue a dar a menos de un metro delante de las botas del hombre que iba en cabeza.

– ?Cooper! ?Snyder! -grito Steinmetz-. Vuestro hombre esta tendido en el suelo siete metros delante de vosotros y a vuestra izquierda. ?Cargaoslo! -Hizo una pausa para establecer la posicion de otro de los rusos que quedaban-. Lo mismo digo a Russell y Perry; a diez metros directamente delante de vosotros. ?Adelante!

El tercer miembro del equipo de combate sovietico nunca supo que le habia golpeado. Murio tratando de pegarse al suelo para ponerse a cubierto. Ocho de los colonos estaban ahora cerrando la tenaza desde la retaguardia de los rusos, que tenian fija la atencion en la colonia.

De pronto, Steinmetz se quedo paralizado. El hombre que iba detras del jefe giro en redondo en el momento en que Russell y Perry se lanzaron sobre el como jugadores de rugby placando a un adversario.

El teniente Petrov vio las sombras convergentes en el momento de ponerse en pie para la carrera final hacia los invernaderos. Se volvio instintivamente, en rapido movimiento giratorio, mientras Russell y Perry se echaban encima de el. Como frio profesional, hubiese debido disparar y derribarles. Pero vacilo una fraccion de segundo a causa del asombro. Era como si los americanos hubiesen salido como demonios espectrales de la superficie de la Luna. Consiguio disparar un tiro que dio en el brazo de uno de sus atacantes. Entonces centelleo un cuchillo.

Leuchenko estaba mirando hacia la colonia. No se dio cuenta de lo que ocurria a su espalda hasta que oyo un grito de advertencia de Petrov. Giro en redondo y se quedo como petrificado por el espanto.

Sus cuatro hombres estaban tendidos, sin vida, sobre el suelo lunar. Ocho colonos americanos habian aparecido, saliendo de ninguna parte, y le estaban cercando rapidamente. Una subita rabia estallo en su interior, y levanto el arma en posicion de disparo.

Una bala le dio en el muslo, y se inclino hacia un lado. Rigido por el subito dolor, solto una rafaga de veinte proyectiles. La mayoria de ellos se perdieron en el desierto lunar, pero dos dieron en el blanco. Uno de los colonos cayo de espaldas y otro se hinco de rodillas agarrandose un hombro.

Entonces otra bala dio en el cuello de Leuchenko. Este apreto el gatillo, escupiendo balas hasta que se agoto el cargador, pero ya sin poder apuntar.

Se derrumbo flaccidamente sobre el suelo.

– ?Malditos americanos! -grito dentro del casco.

Eran como diablos que no observaban las reglas del juego. Yacio boca arriba, mirando las figuras sin rostro que se erguian junto a el.

De pronto, estas se separaron para dejar paso a otro colono, que se arrodillo al lado de Leuchenko.

– ?Steinmetz? -pregunto debilmente Leuchenko-. ?Puede oirme?

– Si, estoy en su frecuencia -respondio Steinmetz-. Puedo oirle.

– Su arma secreta… ?Como ha hecho surgir a sus hombres de la nada?

Steinmetz sabia que dentro de unos segundos estaria hablando con un muerto.

– Una pala corriente -respondio-. Como todos tenemos que llevar

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